Crónica de un viaje a Irán: Primer contacto. (Parte I)

Publicado por Nacho S

 Isfahan

A pesar de ser unos amantes de la verdad, de saber leer entre líneas y de saber discernir la propaganda de la información veraz, debo reconocer que tanto mi compañero de viajes como yo llevábamos con cierta incertidumbre el hecho de aterrizar en el aeropuerto internacional Imam Jomeini a las tres y media de la madrugada sin tener nada planeado ni reservado.

Habíamos despegado de Estambul poco antes de la medianoche y nuestros inadaptados relojes aún mostraban la hora española. Tras no pocas dudas, todo parecía indicar que la hora de la República Islámica de Irán corría dos horas y media por delante de la nuestra.

Sentados en nuestros asientos en la aeronave de la low cost turca Pegasus, mirábamos en silencio cómo las mujeres de nuestro avión comenzaban a cubrir sus cabellos con el tradicional velo, salvo alguna señora bien entrada en edad que ya había subido al avión con el chador puesto.

Una educada chica iraní que se sentaba a nuestro lado sola nos comenzó a preguntar poco antes de aterrizar sobre nuestro propósito de viaje con mucha curiosidad. Mientras tanto, yo contemplaba la oscuridad que se cernía bajo nuestros pies, preguntándome a cuánta distancia estaríamos de los combates entre los Peshmerga y los salvajes del Estado Islámico.

Tras aterrizar nos montaron en los clásicos autobuses que acercan a los pasajeros hacia las terminales y pudimos comprobar que no había gran diferencia, como es lógico, entre el aeropuerto internacional de Teherán respecto a cualquier otro que hubiéramos pisado.

Desmintiendo a ciertas personas que nos dijeron que nos harían un exhaustivo control de entrada al país, pasamos el control de pasaporte sin mayor problema. Una mirada a los ojos sin recelo y un simple pero educado “Welcome to Iran” nos dieron paso a una terminal absolutamente abarrotada de gente deseosa de reunirse con sus familiares. Aquello parecía un centro comercial en hora punta. El control de aduanas era poco más que un chiste y pronto mis temores de llevar una baraja de cartas, revistas porno o carne de cerdo por error en la maleta se desvanecieron, especialmente cuando el individuo que caminaba a mi lado (por no decir que iba haciendo eses), me contaba el truco para introducir botellas de alcohol en el país (según él las metías en cajitas de madera y eso no se veía en los rayos si te paraban). Todo esto mientras se empinaba una botellita de vodka a palo seco tal cual ahí entre el bullicio de la terminal.

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Lo primero era cambiar dinero, ya que no es muy fácil que te den riales iraníes fuera del país y las tarjetas extranjeras no funcionan en los cajeros. Descubrimos con satisfacción que el cambio oficial de ~35.000 riales por un euro no era el que se hacía efectivo allí. Nos hicieron un generoso cambio de 41.500 riales por cada euro ante nuestra incredulidad. Más adelante en el viaje, pese a creer que como manda la tradición occidental nos habrían engañado en la oficina de cambio del aeropuerto, constatamos que fue uno de los mejores cambios que obtuvimos.

Identificamos a una pareja de madrileños de unos 30 años, y tras charlar un rato sobre nuestras primeras impresiones, decidimos salir afuera y regatear un taxi hacia Teherán. Nada más salir nos dio un golpe de aire cálido en la cara, anunciándonos que no íbamos a pasar mucho frío en el país. Negociamos con un taxista de forma rudimentaria el precio por llevarnos al centro (no hablaba inglés), moviéndonos dentro de los márgenes que ponía en la guía de Toni Vives. Enseguida confirmamos lo que decía nuestra embajada sobre el caos que es el tráfico en Irán. A pesar de que las carreteras estaban razonablemente bien, se conducía como si las líneas no existiesen, centrando todo el entramado de seguridad en el uso que se le daba al claxon para avisar de adelantamientos, aproximaciones etc. Por poco nos chocamos con otro taxi cuando íbamos a 100km/h hacia la capital, hecho que debió parecerle una minucia a nuestro valiente taxista, quien se rió ante los “¡huy,huy..!” que proferimos todos al creer que íbamos a colisionar. Nuestro bizarro amigo, lejos de amilanarse, sacó un mandito y encendió una televisión que tenía el coche incorporada entre el volante y la guantera, donde suelen estar las radios de los coches, y se puso a hacer zapping entre partidos de fútbol ante nuestra estupefacción mientras seguíamos directos hacia la capital de la República.

Llegando a la ciudad, al lado de la autovía, observé un complejo enorme iluminado, con ciertos aspectos que lo hacían parecer una mezquita gigante, con muchas banderas nacionales. Disipé mis dudas cuando confirmé con el taxista que se trataba del mausoleo de nada más y nada menos que Ruhollah Jomeini.

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Mientras tanto, mi amigo y yo habíamos decidido huir del caos de Teherán los primeros días, y avanzar del tirón hasta Kashan en el primer tren o autobús que hubiera. Le comunicamos a nuestro conductor la idea de que nos parara en la estación central de tren, mientras seguía sorteando la jauría de coches abollados que era la ciudad a las 4 de la mañana. Tras despedirnos de nuestros efímeros amigos madrileños y darle un apretón de manos a nuestro taxista vimos que no nos había comprendido y nos había dejado en lo que resultó ser una parada de metro de las afueras. Tras comprobar el bajo nivel de la población en lo que a la lengua anglosajona se refiere, un trabajador del metro se apiadó de nosotros y nos dio unos tickets gratis y unas complejas instrucciones para llegar a la estación sur de autobuses, donde podríamos coger uno hacia Kashan.

Javi y yo comentábamos la jugada ante cientos de ojos curiosos que nos oían hablar en un extraño idioma mientras esperaban el próximo metro sobre la plataforma, probablemente preguntándose qué demonios hacíamos allí. Las mujeres se agolpaban al principio y al final de la plataforma, esperando a subirse a los vagones que tienen reservados para ellas, según nos explicaron, para evitar que entre el agolpamiento alguien las “deshonre” metiéndoles mano. Lo cierto es que iban supercómodas mientras los hombres nos hacinábamos en los vagones centrales.

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Ya había amanecido y tras cambiar de metro y equivocarnos varias veces llegamos a la estación de autobuses del sur, allí amablemente un par de treintañeros nos condujeron hacia el autocar que debíamos coger, informándonos del precio y hablando con el conductor. Todo siempre con más gestos que lenguaje, pero siempre con mucha amabilidad y entrega.

Tras pagar una cantidad ridícula (~2.5€) por un viaje de más de 3 horas en autobús, nos sentamos agotados. Ya hacía más de 30 horas que habíamos salido desde nuestra periférica ciudad hacia Madrid-Barajas. Yo caí rendido durante parte del viaje, despertándome sólo cuando una especie de azafato nos dio dulces y un zumo fresquito como regalo. Pronto comprobamos que se hacía en todos los trayectos en autobús por el país.

El paisaje era semidesértico pero en el autobús el aire acondicionado estaba a toda pastilla (fue nuestro primer contacto con la afición de los iraníes por convertir en el polo sur cualquier lugar donde haya aire acondicionado). Estábamos llegando a Kashan.

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