El centésimo mono

Las primeras noticias sobre el centésimo mono aparecieron en el prólogo de Lyall Watson al libro ‘Ritmos de la Visión’ de Lawrence Blair, publicado en 1975. El propio Watson escribiría cuatro años más tarde otro libro dedicado al tema, ‘Marea Vital: la biología de lo inconsciente’. Ken Keynes a mediados de los 80 y Deepak Chopra ya en los 90 revisaron esta historia hasta el punto de ser aceptada por un sector de la población como verídica. Lo que sigue a continuación es un resumen de la misma.

El primate Macaca fuscata ha sido estudiado por más de cuarenta años en estado salvaje. En 1952, unos científicos proveyeron a una de las colonias de la zona costera de la isla de Koshima (Japón) con patatas dulces (también llamadas batatas), cubriéndolas antes de arena de la playa. Los macacos las desenterraban para comérselas pero durante la ingesta escupían la molesta arena que les rechinaba en los dientes. Una hembra joven de 18 meses de edad, apodada Imo por el equipo de investigación, salvó el problema de la arena lavándola en el agua del mar, propagando este procedimiento a parte de la colonia. En 1958, todos los ejemplares jóvenes y algunos adultos utilizaban la técnica que Imo había descubierto. Entonces, un día sin aparente relevancia, los científicos registraron un acontecimiento que no hubieran podido prever. Hasta ese día, eran 99 los macacos que limpiaban su alimento de arena, y cuando le tocó el turno al mono número 100, se atravesó un umbral por el cual la mayoría de la población comenzó a lavar sus patatas a partir de esa misma noche. No quedó ahí el caso, puesto que los equipos científicos de las islas colindantes comprobaron atónitos cómo el efecto del centésimo mono se había trasmitido a las colonias de esas otras islas saltándose la barrera natural del mar. Aparentemente, se había alcanzado una masa crítica en el macaco número 100 desde donde la consciencia inicialmente adquirida por unos pocos ejemplares brotó en los demás mediante algún tipo de mecanismo hasta ese momento desconocido.

Si bien toda la investigación estuvo realizada y difundida por científicos, la misma adolece de cierta cojera que es conveniente señalar. Lyall Watson, uno de sus fundadores, admite en su libro la improvisación con la que tuvieron que tratar para hilvanar el estudio, puesto que la mayoría no supieron muy bien qué es lo que allí aconteció, motivo por el cual decidieron dramatizarlo. Michael Shermer desmintió el centésimo mono en su libro ‘Por qué creemos en cosas raras’, precisando que en las investigaciones nunca llegaron a existir 100 monos, sino 59 de los cuales 36 lavaban patatas en 1962 y cuya adquisición repentina de consciencia tardó en realidad diez años (el fenómeno podría haberse transmitido por observación y por simple casualidad en otras islas).

La historia del centésimo mono fue repetida y transformada a lo largo de los años por nuevos escritores hasta el punto de convertirla en una leyenda moderna. Al parecer fue exagerada y guarda poca relación con lo verdaderamente ocurrido. Pero este caso no es el único existente de expansión espontánea de hábitos, como recoge en sus libros el bioquímico británico Rupert Sheldrake. Entre ellos es destacable el del herrerillo común aprendiendo a abrir las botellas de leche que los repartidores dejaban en las puertas de las casas por la mañana. El fenómeno se propagó desde Southampton (Inglaterra) en 1921, detectando su expansión a periodos regulares entre 1930 y 1947. Este pájaro no suele alejarse del nido más de unos kilómetros, y los avistamientos a veinte kilómetros son excepcionales, por lo tanto, observar la apertura de botellas a una distancia mayor de veinte kilómetros desde donde se iniciaron las primeras manifestaciones indica con toda probabilidad que se trata de individuos distintos. El hábito aceleró su frecuencia con el paso del tiempo, y se registró hasta en 89 lugares distintos por diferentes herrerillos en las Islas Británicas. Además, apareció también en Suecia, Dinamarca y Holanda, país donde pocas aves lo aprendieron antes de la guerra, y a partir de la cual desaparecieron tanto el repartimiento de leche como la mayoría de herrerillos. El servicio se reanudó una vez acabó la misma, y trajo consigo un aumento considerable de los ataques a las botellas, en diferentes sitios y con bastante más frecuencia. También es destacable señalar que no solo los herrerillos comunes abrían las botellas, fue observado además en otras diez especies de pájaros.

Las teorías mecanicistas atribuyen este tipo de fenómenos a la herencia genética del ADN y a procesos de observación e imitación. Sin embargo, Sheldrake afirmó que el código genético no era suficiente para explicar el comportamiento de los seres vivos. Se sirvió entonces de la teoría de los campos mórficos o causación formativa. Esta teoría viene a decir que la herencia recibida por un organismo sería la suma de la herencia genética y los campos mórficos, comprendidos como los patrones o comportamientos gestados y repetidos por los antepasados de ese mismo organismo durante miles de años, los cuales no se adquirirían por procesos de imitación u observación, sino por una resonancia mórfica con los campos propios de cada especie, como si los seres vivos fuesen aparatos de televisión sintonizando las ondas generadas durante milenios por sus ancestros. Enloquecedor, ¿no creéis? Para intentar ilustrarlo utilizó prestada la idea del ‘paisaje epigenético’: imaginad un plano de arena ligeramente ladeado por el que hacemos descender una bolita de metal. La bola tomará un camino hasta el final, y dejará marcado el surco por el que rodó cuesta abajo. Este ‘camino o surco’ equivaldría a un determinado patrón de desarrollo o comportamiento de un organismo cualquiera, por lo que ese desarrollo estaría canalizado hacia un punto final definido. Ahora volvemos a tirar otra bolita, que con mucha probabilidad volvería a descender por el mismo surco, ahondándolo. La sucesiva repetición de tiradas de bolitas (siempre pensando en tiempo geológico, millones de años) harían cada vez más frecuente el descenso por ese determinado camino, dotando al desarrollo específico de una aparente inmutabilidad. Pero podría llegar el momento en que el surco quedara tan desgastado que la bolita comenzara a formar otro camino, incrementando las probabilidades de las tiradas de ahondar la nueva bajada, cambiando el desarrollo y canalizándolo hacia otro punto final. De esta manera, se podría hablar de un mecanismo por el cual se guardan los patrones que rigen en la naturaleza, repitiéndose una y otra vez porque ya se han producido. Y el hecho de que se produzcan, aumenta todavía más la probabilidad de que se repitan de la misma manera. Estos campos mórficos incluirían, según Sheldrake, tanto átomos y moléculas como seres vivos, y además estarían jerarquizados: existirían campos únicos para cada individuo (relacionados con la memoria y los recuerdos), campos familiares, sociales, etc., hasta llegar a un gran campo total que englobaría todo el planeta, como si del campo gravitatorio de la Tierra se tratara.

Los experimentos de Sheldrake albergan más ejemplos en los que él encuentra indicios de la causación formativa: moscas del vinagre, ratas de laboratorios, la construcción de los termiteros y los panales por las termitas y las abejas… También en las bancadas de peces y las bandadas de pájaros moviéndose al unísono. El naturalista Edmund Selous, estudioso de las aves por más de 30 años, se preguntaba cómo las aves podían tener una coordinación tan precisa como para no solo reaccionar, sino además saber en qué dirección moverse en cuestión de 15 milésimas de segundo. Estudios posteriores comprobaron que el movimiento en una bandada se extendía como una onda. Selous no entendía cómo esto era posible «sin un proceso de transferencia de pensamiento tan rápido que equivalga a un pensamiento colectivo simultáneo».

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No es mi intención tratar de demostrar la teoría de Rupert Sheldrake, para ello tenéis su bibliografía en la que se explica mucho mejor y más profundamente. Además, como podréis imaginar, la misma ha sufrido múltiples ataques desde la ciencia convencional, considerándola como pseudocientífica y sujeta a sesgos experimentales. Pero, ya que hemos llegado hasta aquí, propongo seguir jugando un poquito más. Confucio dijo una vez: «Saber que sabemos lo que sabemos y que no sabemos lo que no sabemos es el verdadero conocimiento». Poner en tela de juicio aquello que damos por sentado solo podrá redundar en cimentar el conocimiento o en encontrar nuevas vías para llegar hasta él. Por eso, ampliemos nuestra perspectiva y otorguémosle por un instante el beneplácito de la duda a la teoría de la causación formativa. ¿Y si Sheldrake hubiera atinado en la diana correcta, aunque solo fuera de manera parcial? ¿Qué implicaría para las sociedad humanas, para cada uno de nosotros en definitiva, la existencia de los campos mórficos? Antes de intentar darle respuesta, investiguemos algo más acerca del tema, vayamos por el sendero de la sociología y la psicología.

Émile Durkheim, sociólogo francés, definió el termino consciencia colectiva como «el conjunto de creencias y sentimientos comunes a los miembros de una sola sociedad que forman un determinado sistema con vida propia». Él entendía la consciencia colectiva como un ente autónomo con características propias que trasciende las vidas de los individuos: «éstos desaparecen, pero ella permanece». Sigmund Freud, neurólogo austríaco fundador de la práctica terapéutica del psicoanálisis, llegó a la conclusión de la existencia de una mente colectiva y de que la herencia mental colectiva se transmitía inconscientemente: «¿cuáles son los procedimientos y medios empleados por una generación para transmitir sus estados mentales a la siguiente? No puedo afirmar que estos problemas estén suficientemente explicados o que la comunicación y la tradición directa (que son las primeras cosas que se nos ocurren) sean suficientes para explicar el proceso». William McDougall, psicólogo británico, también alcanzó razonamientos parecidos, al afirmar que las sociedades poseen una autonomía funcionando en base a una mente grupal: «la sociedad está constituida por el sistema de relaciones establecidas entre las mentes individuales, que son sus unidades de composición». William James, psicólogo norteamericano, subrayó que la idea de un inconsciente podría compararse al concepto de ‘campo’ en física.

Pero fue Carl Gustav Jung, suizo fundador de la psicología analítica, quién más indagó acerca del inconsciente colectivo. Según dejó escrito, la mente humana se caracteriza por tener una parte consciente formada a través de las experiencias personales y otra parte inconsciente, que no ha entrado nunca en contacto con la consciencia y por tanto no se ha adquirido individualmente, sino que debe su existencia a la herencia. Jung acuñó esta idea debido a los patrones repetitivos hallados en sus sueños y en los de sus pacientes, así como en los mitos, sugiriéndole la existencia de arquetipos, entendidos como modelos de conducta emotiva y mental heredados en común por todos los hombres. La presencia de estos ‘remanentes arcaicos’ no puede vincularse de ningún modo con la propia vida del individuo, ya que «parecen ser formas aborígenes, innatas y heredadas por la mente humana». Se desconoce el origen de los arquetipos y se producen en «cualquier tiempo o en cualquier parte del mundo», además de que funcionan de manera aproximada en todos los seres humanos. En definitiva, las imágenes arquetípicas del inconsciente humano «son tan instintivas como la capacidad de las aves para emigrar o como la de las hormigas para formar sociedades organizadas», y serían las encargadas de crear los mitos, religiones y filosofías de suma relevancia histórica en la humanidad.

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Es posible que algunos de los pensadores nombrados anteriormente tuvieran reticencias a la hora de verse inmiscuidos en la justificación de la teoría mórfica de Sheldrake, pero no se puede negar la evidente cercanía, aún hablando desde ámbitos tan distintos, de sus conclusiones. Cierto es también que la mayoría de ellos proceden de la primera mitad del siglo pasado; actualmente se hace referencia a estas ideas como «patrones de relación, estructuras sociales y consenso social». Pero volvamos a la pregunta que lancé antes: ¿qué implicaría la teoría de la causación formativa en las sociedades humanas? En pocas palabras, nos está indicando que el aprendizaje, una vez incorporado por una cantidad suficiente de individuos, es adquirido rápida e inconscientemente por el resto de la comunidad o población. No hace falta mucha lucidez para entender que si esto es así, hasta ahora se ha usado en perjuicio de la mayoría social. Dejo a cada cual el juicio acerca de la credibilidad de la teoría.

De lo que podemos estar seguros, pues hay en la historia innumerables ejemplos, es de que cualquier tipo de decisión racional impuesta desde el exterior estará abocada al fracaso (en términos del bien común), pues la racionalidad nos puso exactamente rumbo hacia la desmesura. Bajo el amparo del sentido común sometemos la verdad ajena, sin ni siquiera entender o desear comprender la infección en la nuestra. Hesse se lamentaba de la falta de autocrítica, de la ausencia de reflexión durante unos minutos cada día para «inquirir hasta qué punto tiene uno parte y es corresponsable en el desorden y en la maldad del mundo». Tal vez así fuéramos capaces de reconocer, más pronto que tarde, las sombras de nuestra condición humana, y actuar en consonancia sobre la única esfera dentro de la cual tenemos el grado máximo de control: la personal. Esa es nuestra mayor y más oculta responsabilidad. Quizá exista un día, cuando un humano cualquiera, el centésimo, limpie la arena enquistada en sus creencias y nos encontremos con un éxito inesperado en horas ordinarias.

Daniel A.

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