‘Esto es Bob Dylan, y aquí hay que mamar’

Publicado por Rober Cerero

La RAE define al genio como aquélla persona dotada de una capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables. Y Robert Allen Zimmerman, archimundialmente conocido como Bob Dylan, encaja a la perfección en esta definición. Pero esto no le coge por sorpresa a nadie, ¿a que no? Un señor que lleva más de 50 años creando magia en forma de letras y melodías, que cambió la música popular de su época, que con su guitarra protestó contra tantas injusticias, creador de himnos de calibre histórico, dominador de armónica y piano… Sí, parece que encaja a la perfección.

Lo que la RAE se olvida de mencionar es que los genios van por libre, para bien o para mal; es una característica intrínseca a la condición de genio. Es como el llegar a la caja del súper y caer el 100% de las veces en la que va más lenta; son cosas que no se pueden separar, por mucho que lo intentes. Y el caso es que Dylan nunca ha querido intentarlo, siempre se ha movido como pez en el agua bajo esa aura de irreverencia, de melapelismo, de: ‘soy un genio y hago lo que quiero, ¿por qué? Porque puedo’. Y, durante décadas, MILLONES de personas a lo largo y ancho del globo terráqueo le han amado y venerado por ello… ¿Hasta hoy?

Porque el bueno de Bob ha estado de gira por nuestro país durante estos días, dejándose caer por ciudades poco convencionales –musicalmente hablando- como San Sebastián, Córdoba o Granada. Y es precisamente en la ciudad de la Alhambra donde tuve el privilegio de verle en directo, de asimilar que estaba delante de una leyenda viva… Y de enfadarme mucho, MUCHO, con Don Leyenda Viva.

Me explico antes de que me lluevan palos: yo no he vivido las primeras épocas de Bob Dylan, ni he podido físicamente seguir su carrera musical hasta los últimos años. Yo, como tantas otras miles de personas, conocí  y me hice fan de su figura a través de sus clásicos: Like a Rolling Stone, Blowin’ in the Wind, Knocking on Heaven’s Door, Hurricane… Yo, como tantas otras miles de personas, cuando pienso en Bob Dylan lo hago en blanco y negro, sentado delante de un micrófono, con la armónica colgada a ese cuello donde se posan sus greñas, rasgando la guitarra mientras suelta verdades como puños por la boca.

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Por eso yo, y otras tantas otras miles de personas, me gasto mis cuartos y me recorro cientos de kilómetros con la esperanza y la ilusión de dejarme los pulmones con cada himno Dylanesco y de aplaudir hasta llegar a las agujetas con cada movimiento, guiño, que nos dedique el de Minesotta.

Y nuestro gozo en un pozo. En esta última etapa de su Never Ending Tour, Dylan ha decidido no  tocar los grandes hits –y los que toca los hace irreconocibles-, no mover su cuerpo más de lo necesario, y no hacer ningún guiño al público, más que para anunciar el descanso de 20 minutos. Su actuación y la de su banda en los conciertos españoles ha sido técnicamente impecable, ni un solo pero que achacar en ese aspecto. Casi dos horas de una intensa calidad musical que cualquier melómano podría disfrutar… En un restaurante, como música de fondo. Porque eso es lo que parecían Bob Dylan y su gente, una muy buena banda que toca rock, blues y hasta jazz mientras cenas en ese restaurante tan cuco que cobra 60 euros por el cubierto, pero sólo por el cubierto. Sin comida, sin bebida, sin nada.

La sensación que se nos quedó a todos los menores de 40 años (que, por cierto, éramos menos de la mitad) fue extremadamente agridulce: teníamos a uno de los mejores de todos los tiempos delante, pero nos estábamos aburriendo como ostras. Como cuando vas a ese restaurante de 60 euros y sales muerto de hambre porque la comida, que está buenísima, la ponen en mini raciones. Mucho plato para tan poca chicha.

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No me malinterpretéis: ante todo, destaco el infinito talento musical del Sr. Dylan, y me maravilla su influencia en la Historia de la música, pero yo no soy cuarentón (ni cincuentón, ni jubilado, que también los había en grandes cantidades). Yo no he ido creciendo a la vez que él, por lo que no me vale con, simplemente, tenerlo delante. La mayoría joven-pero-no-tanto que ha ido abarrotando cada recinto entraba en éxtasis cada 4 minutos con el final de cada tema, y eso es completamente respetable. Pero la minoría aún-más-joven no podíamos dejar de fijarnos en que, en hora y cuarenta minutos, el público no coreó ni una sola canción, no hubo ni un miserable aplauso de acompañamiento y exactamente 0 mecheros ondearon mecidos por las melodías.

¿Por qué? Porque el 80% de su repertorio se basó en sus nuevas canciones, porque, como decíamos, sus clásicos fueron completamente versionados (la versión de Blowin’ in the Wind al piano fue simplemente preciosa, pero tan alterada que era irreconocible), porque la interacción con los fans fue nula y porque, si no llega a ser porque seguía cantando, a veces Dylan parecía un mimo disfrazado de Dylan en las barcelonesas Ramblas.

Pero, ¿sabéis qué? En el fondo le entiendo: tras 50 años tocando, personalmente yo también estaría harto de tocar los mismos temas, de tocarlos de la misma forma y de hacerme querer por el público jugueteando con ellos en las actuaciones. Es un jubilado, no olvidemos eso. Después de toda una vida trabajando, es justo que le dejemos tomarse sus licencias, ¿no?

Pero, ¿sabéis qué? Por otra parte, menos en el fondo, desde entonces me cae regular. Porque me hizo recorrer 250 km y gastar mucho dinero para ir a verle, para cantar las canciones que tanto me han marcado, para disfrutar de su show… Y el mojón que me comí –que nos comimos tantos- fue bien grande y bien caro. Cierto es que tiene que estar cansado de sus viejas canciones, pero no puede olvidar que precisamente esas canciones son las que le han llevado a donde está. Que sin esas canciones hoy, 50 años después, no estaría llenando el Palacio de los Deportes de Granada. Que no todos sus fans somos sexagenarios, y que también tenemos derecho a cantar Like a Rolling Stone o a desgañitarnos en el estribillo de Blowin’ in the Wind, como pudieron hacer nuestros padres y hasta nuestros abuelos. Que tiene 74 años y ya no puede moverse ni interactuar tanto, pero Mick Jagger tiene 71, Bruce Springsteen 65 y Angus Young 60, y sus shows son pura energía (quizá han ido consumiendo otros tipos de droga durante estas décadas).

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No, Sr. Dylan, no. Hoy puedo decir que de entre esos millones de personas que le aman y veneran, hay unos cuantos fans, yo el primero, que lo seguirán haciendo, sí; pero menos, mucho menos. Pero, ¿sabéis qué? Que a Bob Dylan le doy igual yo, y le dais igual vosotros. Bob Dylan va a seguir haciendo lo que le salga del mismísimo perineo cuando le salga del mismísimo perineo. Porque, como decíamos, Bob Dylan es un genio, y los genios van por libre. Los genios pueden permitirse estas cosas pues saben que el público ya llega, y llegará siempre, metido en el bolsillo. Y además en uno de esos bolsillos con botón y cremallera, de los que no se escapa ni el aire.

Porque esto es Cádiz Bob Dylan, y aquí hay que mamar.

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