Las Crisis Económicas Olvidadas: La Crisis Financiera Irlandesa (I)

Publicado por José Javier Vidal

La burbuja inmobiliaria y su necesaria compañera, una banca sin control, han recorrido varios países dejando tras de sí un rastro de desolación. Hemos visto a la bestia agitando los pilares de una pequeña república nórdica: Islandia. Ahora viajamos con ella a otra isla del Atlántico: Irlanda. Allí, los daños que ha causado han sido mucho más severos.

Irlanda, tradicionalmente uno de los países más pobres de Europa Occidental, experimenta a partir de 1980 un gran desarrollo económico. En algunos periodos ese crecimiento alcanza la categoría de extraordinario: entre 1995 y 2000, la economía crece un fabuloso 10% anual, un ritmo más propio de un “tigre asiático” que de un país europeo. Por eso, en la prensa económica se empieza a conocer a Irlanda como el “tigre celta”. Su renta per capita pasa de ser, en los años ochenta, inferior a la española, a ocupar, justo antes del estallido de la crisis, el segundo puesto entre los países de la Unión Europea.

Las razones de semejante auge fueron una baja imposición para las empresas – “dumping” fiscal para sus críticos -, un régimen impositivo favorable a la propiedad industrial e intelectual, una mano de obra bien formada y comparativamente barata, y, algo determinante, sus vínculos históricos y culturales con Estados Unidos. Aprovechando el idioma común – el inglés – y aquello de los orígenes irlandeses de muchos norteamericanos, la isla se convierte en la puerta de entrada en Europa de numerosas multinacionales estadounidenses, especialmente de los sectores informático, farmacéutico y musical. Las exportaciones de alta tecnología se convierten en el motor de la economía irlandesa.

Lo que era un crecimiento económico sólido, coherente, basado en la economía “real”, es decir, en la producción de “cosas” – res en latín, de ahí lo de “real” – y servicios, se ve afectado, a partir de la adopción del euro como moneda, por el mismo cáncer que devoró la economía islandesa (y, en menor medida, la española): el crecimiento desmesurado de los sectores bancario e inmobiliario. Ambos son, en realidad, las dos caras del mismo monstruo: la burbuja especulativa. A la bestia ya le vimos el rostro en Islandia. Ahora lo haremos en Irlanda. Tratándose, como se trata, del mismo leviatán, las similitudes entre una crisis y otra – la islandesa y la irlandesa – son evidentes.

A Irlanda, su ingreso en la Eurozona le supone el acceso a crédito barato y fácil, prácticamente sin límites. Los bancos irlandeses pueden captar en los mercados interbancarios internacionales todos los recursos que quieran. Los bancos extranjeros no tienen reparo en prestar a los irlandeses porque, al compartir moneda, el riesgo de tipo de cambio – depreciaciones – no existe. Los bancos irlandeses destinan esos recursos a financiar promociones inmobiliarias. El mecanismo que infla la burbuja se ha puesto en marcha: El banco irlandés consigue recursos en el exterior; presta ese dinero a un promotor nacional para construir viviendas; cuando las viviendas se venden, el préstamo inicial se transforma en préstamos a los compradores, en beneficios y en liquidez que la banca transforma en nuevos préstamos para nuevas promociones. El invento funciona, así que, ¿Por qué no hacerlo más grande?. La banca irlandesa toma cada vez más dinero prestado en los mercados interbancarios para prestarlo, a su vez, a los irlandeses para que construyan más y más casas y se las compren unos a otros, cambiándolas de manos igual que los niño cambian cromos. El virus de la especulación ya ha hecho presa en la sociedad irlandesa. Todos piensan hacerse ricos comprando y vendiendo inmuebles. El afán de ganancia, el dinero fácil, los beneficios de pelotazo, por encima de cualquier cosa. Capitalismo en estado puro…

Toda esa financiación facilona y barata es combustible que “desplaza” la curva de demanda de viviendas a la derecha, es decir, alimenta la continua subida de sus precios. Pero, atención, en la lógica desquiciada del tinglado este mayor precio de los inmuebles sirve para dar más préstamos para la construcción o adquisición de viviendas porque…¡son la mejor garantía de un préstamo! (hipotecas). El razonamiento es éste: Te doy un préstamo de 100 para que compres una vivienda porque estoy convencido de que esa misma vivienda mañana valdrá 120. Mi préstamo, por tanto, tiene suficientes “garantías”. Pero es que esa vivienda valdrá mañana 120 precisamente porque hoy te doy el préstamo para que la compres. En otras palabras, las precios de los inmuebles suben, sencillamente, porque la gente piensa que van a seguir subiendo. Y esto a los bancos les sirve…

En 2007 la burbuja alcanza su apogeo, ¿o mejor habría que decir “paroxismo”?. Recuerdo que paroxismo es, según el diccionario de la Real Academia, la “exaltación extrema de los afectos y pasiones”. Y, en las burbujas especulativas, lo que se desata y llega a una “exaltación extrema” es la pasión por el dinero: la codicia. Esto es justo lo que pasó en Irlanda, como también ocurrió en Islandia y en España. La financiación externa de la banca irlandesa pasa de 15.000 millones de euros en 2004 a 110.000 millones en 2008, un quinto de los trabajadores irlandeses está ocupado en la construcción y el precio de la vivienda en Dublín ha crecido, entre 1995 y 2006, un 1.200% (mil doscientos por cien, no es una errata).

Pero, como saben los físicos, una burbuja es una capa que, en fragilísimo y fugaz equilibrio, delimita un espacio esférico que, en su interior, se encuentra vacío, hueco, lleno de nada. Transcurridos unos segundos, esa capa estalla por sí sola o por contacto con otro objeto. Las burbujas especulativas son exactamente lo mismo. Más duraderas – muchas están inflándose durante años – , pero también acaban explotando, unas veces por sí solas – algunos operadores del mercado empiezan a ver que no se justifican esos precios y éstos comienzan a caer, desatándose el pánico -, otras, por “contacto con otro objeto”. Esto fue lo que pasó en Irlanda. El verano de 2007, el impago de las “hipotecas basura” en Estados Unidos y la quiebra del Northern Rock, un banco inglés especializado en el crédito hipotecario, preocupan seriamente a las entidades financieras internacionales y los mercados interbancarios se paralizan. Esto, a entidades de crédito tan dependientes de los mercados interbancarios como eran las irlandesas, les causa dos problemas. El primero, la falta de liquidez. Con dificultades crecientes para renovar sus créditos, a la banca irlandesa le resultará cada vez más difícil atender sus compromisos de pago. Estas necesidades de liquidez pueden ser cubiertas por el Banco Central, pero no por el irlandés sino por el europeo (recordemos que, desde 1999, Irlanda no tiene moneda propia). Se ha llegado al punto en el que la supervivencia de la banca irlandesa y, con ella, la de la economía del país, dependen de las decisiones que se tomen en Frankfurt.

El primer problema, el de liquidez, si es transitorio, aunque sea con respiración asistida, se puede ir parcheando durante un tiempo, pero el segundo, el de solvencia, cuando aparece, no hay más remedio que atacarlo de frente. Un banco es solvente mientras el valor de los préstamos que ha concedido sea igual o mayor al de los depósitos o préstamos que ha tomado de particulares u otros bancos. No es el caso de la banca irlandesa. Al no contar con nuevos recursos, incluso disponiendo de menos, para prestar a particulares y promotores, la demanda inmobiliaria flaquea. Promociones enteras se quedan sin vender y los precios de la vivienda comienzan a caer. Aparecen también los primeros impagos: las promotoras que no venden sus pisos, no pueden atender sus préstamos. La morosidad creciente y los precios decrecientes de las garantías que respaldan los préstamos provocan la pérdida de valor de éstos.

Dependientes del exterior, faltos de liquidez, insolventes, los bancos irlandeses están abocados a la quiebra. Tenemos ya todos los elementos para que una nueva crisis bancaria y, con ella, la de un país, estallen.

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