Boris Vian escupió sobre su tumba

Fue en julio del 46 cuando Boris Vian prometió a Jean d’Halluin, amigo y editor profesional al borde de la bancarrota, escribir un bestseller en tan solo quince días que acabaría titulándose Escupiré sobre vuestra tumba. No es posible imaginar si Vian era o no consciente de la gamberrada que iba a provocar a toda Francia, pero seguro no alcanzó a prever que el texto finiquitaría literariamente su vida. Publicada bajo el pseudónimo de Vernon Sullivan, su nombre real aparecía en la labor de traducción y firmando el prólogo de una novela negra que sentó como un escupitajo en la cara a la sociedad francesa de la época, un escupitajo que la ironía devolvería justo en su letargo mortal. A pesar del renombre que alcanzó la obra, en parte gracias a que fue censurada por ‘ultraje a las buenas costumbres’ y encontrada en el escenario de un crimen morboso, él siempre la considero como una broma: «Cuando hablo en broma me toman en serio, y cuando hablo en serio se ríen», decía de sí mismo, por el fracaso sufrido poco antes con la que hoy es una de sus obras maestras, La espuma de los días. Presentada a un premio de la editorial Gallimard y despreciada en favor de un autor que hoy no recuerda ni Google, será esa misma editorial la que publique en 2010 sus novelas completas en la Pléiade —algo así como su tirada más selecta—, otorgando cincuenta años después el reconocimiento que Vian hubiese merecido en vida.

Boris Vian

«Cuando hablo en broma me toman en serio, y cuando hablo en serio se ríen».

Ingeniero de profesión, que no de vocación, fue también trompetista de jazz, actor, cantante, miembro del colegio de Patafísica, guionista, animador de locales, crítico, cronista y por lo que hoy lo recordamos, escritor. Adalid del entusiasmo, han llegado a decir de él que «su vida es una de sus más logradas obras». Su literatura es ágil y directa, apta para lectores alérgicos a las largas descripciones y densos amaneramientos, aunque no esperes saber qué vendrá al pasar la página; cargada de inventiva y personajes extravagantes como ‘batallones de curas armados con lanzahostias’, y en la que la ambientación y el escenario juegan un papel tan protagonista como los personajes, modificándose conforme van cambiando sus estados de ánimo. Las mujeres, mujeres preciosas, son el otro punto importante de sus novelas.

«En realidad, solo existen dos cosas importantes: el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington».

Aborrecido tras nuevos rechazos de Gallimard para publicar La hierba roja y El otoño en Pekín, se apartó de la novela y focalizó su tiempo en el jazz, las canciones, el teatro y la poesía. La prensa de la época se hacía eco del alboroto que levantaba a su alrededor en el París de la posguerra, que tras la pesadilla nazi se agitaba en las caves —garitos subterráneos— al ritmo de jazz hasta altas horas de la madrugada. Junto a otros grandes del jazz estadounidense, Vian era el epicentro sobre el cual Simon de Beauvoir, Raymond Queneau, Juliette Gréco, Albert Camus o Jean-Paul Sartre ardían borrachos. Fue al último, Sartre, a quien Vian había parodiado sin sutilezas en La espuma de los días, denominándolo Jean Sol Partre, un filósofo ridículo, quizá por su desapego al existencialismo, quizá porque Sartre le birló a su primera esposa.

Boris Vian

Boris Vian con su segunda mujer, la bailarina Ursula Vian Kübler.

Dos años después de escribir Escupiré sobre vuestra tumba, y perseguido desde entonces por un funcionario en nombre de la moral, acabó reconociendo la autoría de la obra y fue obligado a pagar cien mil francos. Es en 1953, cansado ya del fracaso acarreado por sus verdaderas novelas y liberado de cualquier acción judicial, cuando adaptó el libro de Vernon Sullivan a guión cinematográfico de Boris Vian. En 1958 una productora compró los derechos de la historia apartando a Vian del proyecto, sin más remedio para él que aceptarlo dada su maltrecha situación financiera. El guión final poco tenía que ver con el libro al que Vian había dado vida, así que su única aspiración fue intentar eliminar su nombre de los títulos de crédito. La mañana del 23 de junio del 59, Boris Vian acudió a un pase privado de la película en el cine Le Petit Marbeuf intentando disimular su mal ánimo. Allí estaban los amilanados eruditos que habían destrozado una historia de venganza racial, con algunas de las escenas más escalofriantes que he podido leer —y eso que era una broma…—, edulcorándola en nombre del buen gusto. Al poco de empezar la proyección, Boris Vian sufría un ataque al corazón debido a la dolencia cardíaca que arrastraba desde los 12 años, y por la que los médicos no repararon en aconsejarle que relajara el cuerpo, dejara la trompeta y se olvidase de la noche. Horas más tarde moría en el hospital a los 39 años, como si el fantasma de Vernon Sullivan, asqueado con la película, le hubiese arrancado la vida por escupir sobre su tumba.

Boris Vian

Daniel A.

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