A propósito del cambio climático

No puedo más que leer con estupor las noticias de la XXI conferencia sobre el cambio climático organizada en París —¿21 veces sin entender que no han conseguido ni conseguirán nada?—, amparada por la Unión Europea y Estados Unidos, ambos compinches solícitos del TTIP, por el cual se verterán unas once millones de toneladas más de dióxido de carbono a la atmósfera. Valiente y grandísimo farol, antes de empezar, éste de la cumbre por el clima. A tenor me viene a la cabeza la novela de Michael Crichton, Estado de miedo, donde se pone en cuestión la credibilidad del cambio climático, fenómeno tomado por veraz desde donde la memoria me alcanza. Lo que Crichton nos explica en su novela es la innegable relación del incremento de dióxido de carbono en la atmósfera por el efecto humano, pero la incredulidad que le produce ligar el gas invernadero al aumento global de temperatura. Para ello se vale de gráficas (todas ellas reales y documentadas en el libro) como las que os muestro a continuación:

Evolución temperaturas y dioxido2

Fuente: Estado de miedo, Michael Crichton.

Evolución temperaturas 30 años

Fuente: Estado de miedo, Michael Crichton. Existe un fallo en la gráfica, las líneas están intercambiadas: la temperatura es la línea descendente y el dióxido de carbono la ascendente.

Si bien la temperatura global se ha incrementado al igual que las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera durante el último siglo, también es cierto que en segmentos temporales dentro de ese periodo han existido decenios en los cuales la temperatura ha descendido (años 40-70). Según Crichton, estamos inmersos en una «tendencia natural al calentamiento que se inició alrededor de 1850, cuando salimos de una etapa fría de cuatrocientos años conocida como la pequeña glaciación». No poseemos la certeza de hasta qué punto el calentamiento puede deberse a la actividad humana o ser un proceso meramente natural. A menudo, espoleados por los métodos didácticos oficiales, pensamos que vivimos en una caja cerrada donde todo ocurre en estado estacionario. Quizá culparnos por completo del calentamiento global sea un corolario sujeto con las endebles pinzas del orgullo humano. Sabemos que el clima ha variado a lo largo de la historia sin la presencia del ser humano. ¿Por qué este alarmismo hipócrita entonces? ¿Realmente nos importa como sociedad que la temperatura global aumente 0’5ºC? ¿Realmente le importa a alguien que se derritan los casquetes polares? Imagino que la respuesta es sí, a la vista de las 21 cumbres inútiles que apenas nadie ha respetado, por no hablar de las porciones de CO2 que los países más contaminantes pueden comprar a los menos contaminantes para seguir contaminando más —como una de esas bobaliconas reglas que se inventan los niños en sus juegos para acabar ganando sí o sí la partida—, un despropósito mayúsculo si lo que se quiere de verdad es cumplir los tratados climáticos. Pero también imagino que la respuesta es no, pues el coste de la reducción de emisiones a la atmósfera sería la purga del estilo de vida occidental… y seamos serios, ¿quién está dispuesto a eso? No veo a ninguna de las partes —nosotros o los estados— especialmente interesadas.

Como antiguo estudiante y licenciado en Ciencias Ambientales —y con esto, no os equivoquéis, no pretendo otorgarme credenciales—, os puedo decir que no tenemos mucha idea en lo que a conservar el medio ambiente se refiere, al menos desde una posición sensata. Por un lado, porque si quieres proteger el medio ambiente, hay que ir al medio ambiente, no atarse una corbata al cuello y dictar sentencias sobre papel mojado en cámaras legislativas o cursar litigios en juzgados de postín. Y por otro, porque limitar la mierda que podemos echar al campo —papel mojado mediante— tampoco es una solución plausible. Pero el tema es harto complicado de resolver y un barro en el que no quiero pringarme ahora. Uno empieza a sospechar del calentamiento global cuando entiende el grado de manipulación al que pueden estar sujetas las investigaciones científicas. A menudo la entidad financiadora de los proyectos espera ver recompensada su extraordinaria generosidad para con la ciencia con resultados que indiquen y resalten la veracidad de sus argumentos, lo que se traduce en que los científicos, si quieren seguir conservando su empleo y progresar en sus carreras, necesitan entregar unos datos que se correspondan con lo que el dinero quiere. Que se me entienda, no estoy diciendo que el cambio climático no exista, solo que cualquier persona cuerda sería prudente antes de subirse a un carro que carga una empresa semejante. Más aún —y perdonarme que no haya podido encontrar la fuente, han pasado unos cuantos años desde entonces—, cuando en el pasado han hackeado cuentas de correo electrónico de científicos donde se podían leer conversaciones en las que se pedía consejo para manipular datos referidos al cambio climático.

Dejando la versión de Crichton, os puedo relatar mi propia experiencia con gráficas manipuladas. Más o menos a finales de 2012, mientras preparaba mi proyecto de final de carrera, me topé con el informe WEO 2012, creado por la Agencia Internacional de la Energía (IEA por sus siglas en inglés), un organismo público formado por países con tradición democrática. En él, se reconoció de forma indirecta que se había llegado al cenit productivo de petróleo crudo en el año 2006, situación también llamada ‘peak oil’, momento en el cual según la curva de Hubbert empezaría un descenso de la producción mundial de petróleo con una rapidez parecida a la de su alzamiento —descenso que será todavía más vertiginoso por el nivel tan elevado de consumo actual—.

Combustibles fósiles

Suministro mundial de petróleo por tipo en millones de barriles por día (mb/d) desde 2000 hasta 2035. Fuente: World Energy Outlook 2012, IEA.

En esta gráfica se puede detectar a simple vista cómo el petróleo crudo (azul oscuro) disminuye sospechosamente hasta 2035. Es aquí donde entra en juego la manipulación: se suman a éste, en volumen, otro tipo de petróleos de peor calidad y el gas natural formando columnas totales que arrojan un resultado creciente del ‘oro negro’, dando por sentado que son volúmenes equivalentes… pero no lo son. Los petróleos convencionales tienen densidades energéticas por volumen de alrededor del 70% de la del petróleo crudo, lo que nos destapa un resultado final decreciente, y una sociedad decadente sino encontramos formas de suplir la energía que otorgan los combustibles fósiles (el 80% del total). Por otro lado, también es conveniente señalar la diferencia entre el petróleo disponible para extraer, y aquel que existe pero es inaccesible, que han sumado a las columnas haciendo gala de unos cojones elegantemente portentosos. No os alarméis por estos datos, pues se han denunciado pública y sistemáticamente desde antes que yo los estudiara, y están disponibles para todo aquel interesado en el tema en varios blogs de internet y asociaciones ecologistas.

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Es una lástima y un peligro que la ideología de determinados gobiernos esté controlando el terreno científico utilizando como lanzadera medios de comunicación poco rigurosos. Por fortuna, internet es una herramienta capaz de sortear los obstáculos de censura, con poder de forjar nuevas opiniones en la gente dispuesta a ello. Mucho cuidado con tomar todo al pie de la letra, dudar de todo.

Daniel A.

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