Nuestra aventura en Tailandia (V): Pai

Publicado por Rober Cerero

Pai.

Sólo de pensar en esas tres letras se me dibuja una sonrisa que recorre la vasta anchura de mi cara. Ese mágico valle, tan cerquita ya de la frontera con Myanmar, rodeado de maravillas naturales e impregnado de cultura hippie… Creo que hablo en nombre de todos cuando digo que fueron los mejores días de todo nuestro viaje.

Bueno, ya está bien de sentimentalismos, que vosotros leéis este blog para que os hable de caca y de sexo, pedazo de puercos. Pues esta vez os vais a quedar con las ganas, porque no hubo nada de eso en Pai… ¿O sí?

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Lo primero que tenéis que saber es que, para llegar a Pai, hay que superar las 12 pruebas de Astérix, que Abengoa te deje comer fuera de su edificio, que Jazztel te dé de baja a la primera y que los captadores de las ONG no te asalten en la calle comercial de la ciudad en la que vivas.

Vale, quizá he exagerado un poquito, pero no mucho: para llegar a Pai desde Chiang Mai hay que coger un mini-bus de 4 horas que te lleva por la carretera más suntuosa por la que jamás he pasado (ríete tú de Despeñaperros en la época pre-túnel). Todos estuvimos al borde de la pota, sobre todo el bueno de Pablo, cuyo ya de por sí descomunal consumo de agua se multiplicó por seis. Al final, como somos todos unos hombretones, todos aguantamos;  si bien no puedo decir lo mismo de la pobre niña china de delante (sí, era china, no tailandesa, listos). Más valía que la noche que íbamos a pasar en Pai, pueblo del que tan bien nos habían hablado, mereciese la pena…

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Lo primero de lo que nos dimos cuenta al llegar es que nuestro baratísimo hostel podría ser perfectamente el único que no estaba en el mismo pueblo, sino a las afueras, teniendo que cruzar un río, subir una colina junglosa y buscar a Mowgli para llegar hasta él.

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Lo segundo que descubrimos fue que era el puñetero mejor hostel de todo Pai. Sólo para nosotros, con María (¿por qué no llamarla María?), una anfitriona/dueña que llevaba fumando opio desde los 6 años y que nos amaba a todos desde el momento en que nos vio, y con estas vistas:

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Como podéis ver, Pai es un valle, y como buen valle está rodeado de montañas. Y esas montañas escondían de todo: budas gigantes, termas naturales, cascadas, pueblos chinos, elefantes… Teníamos mucho que ver y, aparentemente, muy poco tiempo para ello.

El primer día

Empezamos con el turismo al día siguiente de llegar –llegamos ya tarde- alquilando unas motos a razón de 3 euros y medio el día. ¿Cómo? ¿Que no nos habíamos llevado el carné a Tailandia? ¿Ah, que la mitad no tenían si quiera carné? Espera, ¿Que Nacho y Chablo nunca habían cogido una moto en su vida? Uy uy uy… ¿Qué encima en Tailandia se conduce por la izquierda? Todas estas preguntas se responden con una sola respuesta:

EJO NO PAJA NÁ OMEEE

Porque habíamos venido a jugar, ¿recordáis? Así que poco importaba todo eso; y poco importaba también que estuviese cayendo la madre de todos los monzones. Teníamos que ir a las termas naturales, y no había tutía: Nacho iba a quitarse la virginidad motociclista a lo bestia, sin lubricación y sin ná.

Llovía mucho, muchísimo; los cascos nos quedaban enanos, nos perdimos un par de veces y se nos olvidaba a menudo que teníamos que conducir por la izquierda. Pero todo mereció la pena con creces: por ver cómo Nacho conducía cual extinto cani sevillano, por las vistas que nos encontrábamos por el camino –cuando la lluvia lo permitía- y por poder disfrutar casi para nosotros solos de unas preciosas termas, de un spa natural, en medio de una montaña.

Creo que fue en ese momento cuando decidimos que nos íbamos a quedar más de una noche; ya veríamos cuantas.

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Los otros inquilinos eran dos chicos y una chica –de muy buen ver- israelíes, los primeros que veíamos desde el avión, pero ni de lejos los últimos: resulta que, al menos el 20% de extranjeros en la zona de Pai eran de Israel. Según nos estuvieron explicando unas chicas que conocimos en un bar una de esas noches, Tailandia en general, y el norte en particular, era uno de los destinos más populares entre los jóvenes israelíes tras su paso por el servicio militar obligatorio. Las cosas que aprende uno, oye.

Por cierto, ¿recordáis a Marta, y cómo dijimos que la íbamos a acoger –o ella a nosotros- en nuestro paso por Pai ? Pues así lo hicimos. Esa noche quedamos con ella, que resultó estar en otro hostel al lado del nuestro (sí, al final había más vida por aquélla colina), y nos lanzamos a la calle de los bares. Fuimos a uno en el que ya habíamos estado la noche anterior. Era un bar cualquiera, con buena pinta, y lo elegimos poco al azar, y bendito azar: estábamos un poco cansados de beber siempre cerveza, y queríamos ya tonterías con coca cola, de esas que tanto nos gustan a nosotros. Así que la conversación fue concisa, y nos convencieron en 20 segundos:

  • ¿Tenéis ron?
  • Sí.
  • Pues hala, danos 6 copas por favor. Bueno, mejor la botella entera, gracias.

Y así fue como conocimos y empezamos a amar el ron SangSom, y a ir por ahí comprando directamente buckets (cubos), donde nos daban la botella entera, los refrescos y los hielos. Lo que viene siendo comprar un lote, vamos.

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Tanto nos gustó ese bar que fuimos todas las noches, haciéndonos colegas de la dueña, una tailandesa de 55 años con pinta de tener 35, su marido, un vasco que fue de vacaciones y se quedó por amor; y su encargado, un inglés con pinta de estar huyendo de la justicia británica por haber pateado un par de cráneos en la previa de algún partido de fútbol.

Pero, como empezaba a ser normal, la noche en Tailandia acababa pronto, así que tocaba tirar de after. Y, ¡voilà! El after estaba al lado de nuestro hostel y el de Marta, en el tercer hostel de la colina que, en un principio, pensábamos que íbamos a habitar nosotros solos. Beer pong, más SangSom y guitarras tocadas por dedos de todas las nacionalidades hicieron el resto.

El segundo día: elefantes, Budas gigantes, cascadas y norias chinas

Pero en fin, a las noches les siguen los días, y nosotros no íbamos sobrados de éstos, así que no había tiempo que perder: el valle de Pai nos esperaba. Teníamos que ir a ver el Buda gigante (ojo, que cuando digo gigante lo digo muy en serio), y allí que dirigimos nuestras motos, previo llenado de depósito por unos dos euros, haciendo paradas por el camino cada vez que veíamos algo que nos encandilase, que no ocurrió pocas veces:

 

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Ahora llega la parte impactante y negativa de la jornada: de camino al maxi-Buda nos encontramos con unos pocos elefantes montados por australianos borrachos. Varias cosas podemos decir con respecto a esto: lo primero, es muy impresionante ver a un bichejo de esos que viene hacia a ti al girar una curva, y más cuando son 5 y vienen por el medio de la carretera, teniendo tú que echarte al arcén.

Lo segundo, no es que seamos Frank de la Jungla, pero tampoco el Rey Juan Carlos, y NO APROBAMOS el sistema de esclavitud en el que viven muchos de esos elefantes en Tailandia. Existen parques naturales inmensos donde viven en libertad, les tratan bien y se les puede visitar, pero no era el caso de estos cinco, ni de ninguno de la zona, por lo que no nos dio la gana hacer fotos. Pero, para que os hagáis una idea, San Google os los enseña.

Pero bueno, quejas animalistas aparte y volviendo a nuestras peripecias, después de haber bebido y sudado 7 litros de agua subiendo al maxi-Buda –por supuesto, en el caso de Chablo fueron 13-, aún nos quedaba todo el día por delante, así que seguimos en nuestro rodeo al valle de Pai, hasta llegar por fin a la primera de las cataratas:

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Todo el mundo sabe que la natación aumenta el apetito, y hacer el cafre aún más, por lo que salimos de las cascadas en busca del lugar más puro, recóndito, local y denigrante de la zona. Y lo encontramos: la casa de una familia, en cuyo patio tenían una cocina con dos mesas y un cartel en Tai, pero con fotos de los platos. Así que allí nos sentamos y pedimos por señas un montón de Pad Thais, a saber: tallarines con verduras, carne, verdura, huevo y cómo no, mucho picante.

Mi curiosidad me llevó a acercarme al wok a ver cómo lo preparaba, y éste es el resultado:

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La amable señora, meada de la risa, me iba diciendo qué echar, mientras yo lo salteaba. Y, ¿veis los mini plátanos del fondo? Pues nos los regaló, por buenas gentes.

Tras media horita de digestión, volvimos a la carretera: había más cascadas y un pueblo chino que visitar antes de que se hiciese de noche. El camino a las segundas cascadas, en el otro extremo del valle, transcurrió sin problemas, si consideramos que las señoras mayores que te asaltaban en la carretera para pedirte tabaco no eran un problema, claro.

Una vez en las cascadas, menos espectaculares que las anteriores pero no por ello dejando de ser bonitas, nos encontramos a los israelíes de  las termas del día anterior. Y por cierto, la chica no era israelí, sino argentina, y además muy guapa, por lo que había escuchado todo –barbaridades incluidas- lo que dijimos en las termas… Argentinas aparte, de las cascadas podemos destacar mi decisión de pegarme una soberana leche y reventarme la rodilla; rodilla que hoy, 3 meses después, aún me da problemas.

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Sí, sí; mirad bien mi rodilla izquierda…

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Se nos hacía ya de noche, y aún quedaba pasar por China Town… Que resultó ser pequeño y nocturnamente deshabitado. Lo bueno es que encontramos estas norias, vaya usted a saber datadas de qué fecha, y, tras unos momentos de duda, nos lo pasamos como niños pequeños:

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La última noche

Esa última noche volvimos al bar de marras. Al día siguiente nos íbamos rumbo al sur, así que bebimos SangSom hasta acabar con las existencias, ante lo cual el ex hooligan nos trajo una botella con etiqueta en tailandés de un color más oscuro que nuestro ron.

  • Hey, is this rum?
  • Yeah… You know, same shit

Suficiente. No era ron, tampoco whiskey. No quedaba nada claro su procedencia, sabor ni posibles perjuicios, pero ya sabéis, no estábamos para ponernos exquisitos.

Como ya empezaba a ser tradición, cerramos el bar, yéndonos esta vez a la fiesta de aniversario de una terraza/discoteca donde compramos más buckets y conocimos a las chicas israelíes (esta vez sí) que nos estuvieron explicando por qué medio país estaba allí. Debo decir, para los más morbosos, que se fueron a casa antes de que ninguno pudiera intentar ligar con ellas. Era su primera noche y estaban cansadas y no je qué. Bueno, esa noche no se pudo practicar el Krav Maga en la cama; otra vez será.

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Pura sabiduría la del baño de la terraza/discoteca

Y con esa noche moría Pai, moría el norte, la naturaleza, la Tailandia más pura… Al día siguiente, nos dijimos adiós a las motos, al aragonés chalao que nos encontramos TODOS los días, que vivía en un morao constante y que planeaba ganarse la vida escribiendo sobre sí mismo; y a María, la dueña del hostel, que nos regaló estas pulseras deseándonos mucho amor.

Volvíamos a Chiang Mai. Yo tenía que coger un vuelo a las islas del sur, donde me encontraría con dos amigos estadounidenses. El resto de caballeros tenía que coger una combinación de tren nocturno + mini-bus + ferry para llevarles a otra de las islas del sur. Nuestros caminos se separaban unos días, pero no por ello dejaban de pasar cosas interesantes.

Stay tuned!

robercerero

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