La libertad de ser verdaderos

Publicado por Daniel A.

Muchos y muchas conocemos esa tormentosa pregunta tras un: «¿y tú qué estudiaste?», y que viene a ser algo así como: «¿y eso para qué sirve?»; o su primogénita: «¿y en qué puedes trabajar con eso?». Son propias del amigo empanado, cuarentona zalamera o familia porculera. Hechas con solícito despiste o bajo cautelosa insidia, llegan de puntillas queriendo atestiguar de qué misteriosa manera te vas a ganar la vida. De acuerdo a tu respuesta, te atribuirán el mayor de los méritos o se deleitarán con regocijo y conmiseración acerca del pobre diablo en el que diligentemente te acaban de convertir. Quizá estas líneas, que son parte del inventario de la deconstrucción de mi imaginario, no sirvan a los que orbitan en torno a la tradición cobijados en lo que se hace y se repite por un tácito acuerdo o convención, transitando indiferentes una ruta que pasó hace tiempo a ser un sendero trillado. Cualquiera que haya paseado con la cabeza levantada y la mirada atenta entiende que los caminos marcados son, además de los más fáciles de recorrer, los primeros en embarrarse durante la tormenta, los más polvorientos en pleno apogeo solar y donde resbalarás con mayor probabilidad tras la gran helada nocturna. Podría ser que este texto solo adquiera un valor esencial en mi persona, pero quizá el esfuerzo por difundir e impulsar su mensaje —espero que libre de delirios de grandeza— arroje algo de luz sobre la abrumadora desorientación que percibo con más constancia de la que me gustaría. Sirva a los que buscan en vano y a tientas la salida sin que aparezca —por arte de magia— en ningún lugar. A los que no dejan de pensar cómo guardarán su vaporoso tiempo libre sin venderse al mejor postor, tratando de anticiparse al fracaso y permaneciendo por ello inmóviles y miserables. En definitiva, para dejar de socavar y profundizar las hendiduras de la imaginación donde otros esconden las estrías del conformismo.

Siete meses de exilio —o idilio— inglés dan para comprobar cómo hay instalada una especie de creencia en Londres, y por extensión, en las islas Británicas (referente occidental del bienestar), por la cual si trabajas duro, comes y chupas culos día tras día, al final, muy al final, parece ser que acabarás siendo recompensado con ‘La Oportunidad’. La que España no supo, pudo o quiso —escojan la más fea— otorgar. De paso aproveché para visitar Edimburgo, donde dormí en una habitación de nombre ‘Solar System’, compartida con otras nueve personas. Noté algo extraño al entrar, todo estaba demasiado patas arriba: un tendedero sujetado entre dos maletas abiertas, ropa estampada cubriendo el suelo a modo de alfombra desajustada, una maraña de cargadores… Aquello era un estercolero, y que vaya por delante, no era algo que me fuera ajeno. Algo curioso se apoderó de mi atención en la cama colindante, de nombre Mercurio, pues tenía toda la pared repleta de fotos de lo que parecía… ¿San Fermín? Chicas poniendo morritos. Chicas en poses sugerentes. Chicas con chicas dándose besitos. Chicas con más chicas riendo forzadas y con poca gracia. Debía de llevar ya un rato mirando y apretujando los ojos —soy miope, aunque a veces pongo la misma cara si algo no me cuadra—, cuando la chica de la cama, la de carne y hueso, se percató de mi indiscrección, corrió una sábana que hacía las veces de cortina y en eso salí de mi atisbamiento. Dos metros cuadrados, si llegaban, de intimidad. Espero que su futura oportunidad merezca la pena.

¿Qué es lo que alberga esa oportunidad para que la busquemos con tanto ahínco? La consolidación de cierta seguridad, incluso a costa de ser pasajera. Nuestras costumbres, creencias y entorno han ido encaminando nuestra realidad hacia una única verdad, preestablecida, existente y aguardando inmutable a que la descubramos. Recuerdo cómo siendo niño los mayores se desplegablan ante mí como personas íntegras, resueltas y muy seguras. Ahora sé que la mayoría de adultos ha invertido tanto —digamoslo claro: TANTO— en direcciones erráticas (o cuanto menos desafortunadas) que desechan categóricamente la mínima idea de contemplar algo diferente para nosotros. Siguiendo sus ideas conseguiremos ser como ellos, aunque hoy eso parezca más una cuestión de fé que otra cosa. Pero, ¿qué coño es el mundo real? A veces tengo la sensación de que es un mundo montado a piezas de corchopan del IKEA. La realidad no es verdadera ni falsa, solo es real. Como explica Safranski, son las interpretaciones de esa realidad las que pueden tildarse de verdaderas o falsas. Y si se tratara de experimentos de laboratorio… pero el tema está en encontrar la verdadera naturaleza. Y eso supone tomar conciencia de nuestra libertad para elegir, para ser sujetos responsables, o lo que es lo mismo: ser un individuo, es decir, la cosa más extraña sobre la faz de la Tierra. Quedarse a solas con la libertad significa recorrer el camino a ciegas, sin un asidero al que agarrarse. Esto rompe los vínculos con las verdades universales, y nos obliga a crear la verdad que dirija nuestros pasos. ¿Os dais cuenta de cómo la no toma de conciencia afecta la realidad cotidiana? El no ser responsable de uno mismo implica que la culpa es del gobierno, del jefe, de Angela Merkel, del sistema educativo, etc. Eximimos nuestra responsabilidad porque tememos la hora de enfrentarnos a la libertad y afrontar las consecuencias. Pero es precisamente de ese enfrentamiento de donde saldremos fortalecidos. Siguiendo con Safranski, causante de toda esta reflexión: «La libertad es una protección contra la devastación de la vida inducida por una falaz demanda de ser consecuente. El pensamiento debe consumarse en la acción, exigen los consecuentes, ser consecuente y vivir conforme a la verdad conocida. […] La vida se depaupera cuando, atendiendo a la demanda a ser consecuentes, solo nos atrevemos a pensar aquello que podemos vivir. Y como vivir es siempre convivir y la convivencia se rige por el consenso y el compromiso, tendremos que imponer a nuestro pensamiento todos los compromisos y acuerdos contraídos en lo social». No podemos sostenernos sobre verdades absolutas, hay que pasar, finaliza Safranski, de la consigna «la verdad nos hará libres» a «la libertad nos hará verdaderos». Es decir, dejar atrás la «mistificación del yo de corte universalista» y empezar a «crearse a uno mismo».

Estamos sumergidos en un experimento, la vida, que todavía no ha terminado. Es peligroso pues dejarse llevar íntregramente por sendas de las que nadie ha vuelto para contarlo. ¿Qué significa llegar a tener éxito en la vida? Despertarse por la mañana no tendría por qué ser una banalidad. Deberíamos desviarnos tantas veces como nos lo indicara nuestro hado, en busca de propósitos más salvajes e inhóspitos, tan plenos de ánimo, tan rebosantes de excitación, que las suelas de nuestro calzado horadasen las guías de un nuevo camino corajudo, sellando así nuestro destino.

Daniel A.

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