Raúl Ortiz y Ortiz, sísifo de las letras

Publicado por Luis Funes
@LuisBaladez
“Hay un tiempo para reír y un tiempo de haber reído. La vida me ha dado tanto, fue tan generosa conmigo que todavía no acabo…” Raúl Ortiz y Ortiz.
“La agonía del ebrio encuentra su más exacta analogía poética en la agonía del místico que ha abusado de sus poderes”. Malcolm Lowry.

Todo y nada es memoria. Los destinos se cruzan en algún punto; la palabra es uno de ellos. El trayecto del maestro Raúl Ortiz y Ortiz llegó a su fin, su memoria está indisolublemente unida al nombre de Lowry, son el cielo y el infierno perpetuados en Cuauhnáhuac. Son literatura-recuerdo.

Es imposible escribir una necrología de alguien que no conocí. A quien no pude llamar amigo, pero puedo decirle maestro. Tuve la fortuna de conversar en un par de ocasiones con el maestro Raúl; en una, como novel reportero le solicité una entrevista, no recuerdo las palabras que intercambié con él, sólo sé que me dio una sonrisa y una afirmación, pasó el tiempo, no le busqué.

En la segunda, tras la presentación de su libro “El imperio de la armonía”, me acerqué a él, un joven tembloroso ante un hermano en letras del dipsómano amante de México, Lowry. Su voz era cascada. Una sala M. Ponce ya vacía. Sólo estábamos él, su enfermera y yo. Se desdibujan mis primeras palabras, pero siento que fueron de agradecimiento y devoción ¡el traductor de Lowry frente a mí! Su cuerpo cansado, sus ojos ya nublados, un bastón sostenía su existencia, de nuevo, la solicitud de entrevista. Una afirmación.

Cansado pero lucido, me habló de su acercamiento al Volcán, en su hablar pausado noté la emoción del trabajo concluido y reconocido. En su mirada vieja, el gusto por la vida, su aroma, peculiar, un aroma que se reflejó en la mirada de su cuidadora, la charla se había terminado. Fue la última y más cautivadora vez que lo vi.

Agradezco ese contacto humano con un bardo, cuya obra ha tocado más de un alma. Lowry-Ortiz y Ortiz. Las barreras del idioma se rompieron. Una gran carta de amor a la palabra.

Lo que todos los diarios publican: nacido en la ciudad de México en 1931, Raúl Ortiz y Ortiz formó parte del servicio exterior mexicano por años. Murió a los 84 años en el mismo lugar donde abrió los ojos. Sus restos se velaron en la sala Bretaña del Panteón Francés.

Reconocido por su traducción de Bajo el volcán, por la que ganó el Premio Alfonso Décimo de Traducción Literaria en 1987; estudió leyes en la Universidad Autónoma de México (UNAM) y Literatura comparada en la Universidad de París en la década de los 50. Director de la Escuela para Extranjeros de la UNAM, consejero Cultural en las embajadas de México en Gran Bretaña y Francia, profesor de Literatura Comparada en la UNAM y de Traducción en El Colegio de México. Fundador de la compañía Shakespeare en los 60.

Varias veces condecorado por el gobierno francés por su aporte a la cultura. Mereció ser Caballero de las Artes y de las Letras y la Orden la Legión de Honor. Hasta que su salud se lo impidió, dirigió el Cine Club de Club de Industriales de México, además de impartir infinidad de cursos sobre literatura, cine y música.

Hasta allí la anécdota del diarismo. El recuerdo: siempre usó moño, para evitar la formalidad de la corbata. Un intelectual como pocos. Hedonista y biófilo; sólo puedo imaginar su hogar por testimonios: libros hasta el techo, acompañado de perros, música y de su ama de llaves. Lo conozco a través de textos. Agradezco a los escritores darme una imagen tan nítida.

Un titán ya olvidado, él vertió, -sin prostituir-, al español y con musicalidad incluida, una de las 10, o quizá 20 novelas que marcaron a hierro candente el siglo XX, el siglo del asesinato.

La obra de Lowry es mística. En ella se encuentran 12 capítulos, horas y cabalística, una reflexión y crítica social que desgarra el alma. La memoria del cónsul, trasunto de Malcolm. Tras dos veces de confrontación con las primeras páginas de la ardiente novela, sé que aún no llego a su centro.

El deambular de un borracho a través de una Cuahnáhuac ya ida. No queda nada del Casino de la Selva, sólo ruinas de la estación, ni que decir de las más de 50 cantinas que había en el treinta y tantos, ahora una selva de asfalto, smog y destrucción sistemática por parte de los políticos de un legado inmortal que sólo es accesible a los lectores.

Cuernavaca es internacional por las letras, está en un agujero por la política. Apuesto que Ortiz y Ortiz lamentó en un momento lo que la indiferencia y la ignorancia hicieron con la ciudad en donde Lowry encontró la entrada al infierno, como bien redactó Francisco Rebolledo.

Hay poco que pueda aportar a su memoria. Habrá más doctos y autorizados a hacerlo, aquellos que le conocieron. Sirvan mis letras de sincero homenaje a su labor. No culpo a los ignorantes de su quehacer, si tuviera un deseo, sería que, más allá de grabar su nombre en oro o bautizar un premio con su recuerdo, lo lean, a través de Lowry; usted abrió las puertas de la percepción de ese inglés atormentado al español.

No espero un homenaje con una pinta en el recinto donde se homenajea cada 2 de noviembre (día cuando el sanguinario México habla con los muertos) ese mismo día del treinta y tantos donde el amor verdadero se encuentra al final de las páginas y en el infinito. El corro de amigos que dejó lo siente, su familia lo llora. Los lectores le agradecemos.

Esperemos que un día, los funcionarios entiendan que el “progreso” no es inversión ni complejos arquitectónicos, sino la advertencia de su amigo que nunca conoció pero con quien ahora charla sobre su traducción: “¿Le gusta este jardín que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!” y “No se puede vivir sin amar”.

Gracias Sísifo de las letras. Descansa en paz.

Daniel A.

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