Paraísos fiscales, refugios de piratas

Publicado por José Javier Vidal,

No es casualidad que la mayoría de los paraísos fiscales y, en especial, los de más solera, se encuentren en islas que en su día fueron refugios de piratas.

Más allá del chiste fácil y de los paralelismos, en absoluto disparatados, entre los piratas de parche en el ojo y pata de palo y los altos ejecutivos de corbata y maletín, la proliferación de jurisdicciones de baja fiscalidad y secreto bancario en el Caribe tiene, para muchos, una explicación histórica.

Bahamas, las Islas Caimán o Belice (éste en el continente) fueron en los siglos XVII y XVIII guarida de bucaneros y filibusteros que atacaban las posesiones españolas en América. Incapaces de derrotarla en un enfrentamiento abierto, Reino Unido, Francia y Holanda optaron por lo que hoy llamaríamos una guerra “no convencional” o “asimétrica” con la idea de someter a España a un continuo desgaste valiéndose de la actividad de esos delincuentes.

Bien entrado el siglo XVIII, las relaciones entre las grandes potencias europeas se normalizan y los piratas se convierten en proscritos, no sólo para los españoles, sino también para sus antiguos valedores. Son perseguidos de manera implacable y sus refugios pasan a estar de manera abierta, si no lo estaban ya, bajo la soberanía de británicos, franceses y holandeses.
De todo aquello han quedado hoy los departamentos y colectividades francesas de ultramar, las dependencias y microestados bajo soberanía de la reina de Gran Bretaña y las islas antillanas del reino de los Países Bajos. Y, parece ser, la cultura de cálido asilo al forajido y de bondadosa indulgencia con el pecado de avaricia.
Esto último vale para los territorios de la Commonwealth y de la Casa de Orange, no para los franceses, que, también en lo fiscal, son departamentos como los metropolitanos.

En los años 60 y 70, a medida que el estado del bienestar y la fiscalidad progresiva se implantan en todo el mundo desarrollado, las islas británicas y holandesas se reconvierten en cajas de caudales en las que los impuestos nulos o casi inexistentes y la oscuridad atraen a fortunas de todo el mundo, las habidas legalmente y las que no.
Evasores de impuestos, mafiosos y organizaciones criminales ocultan allí sus fortunas como en otros tiempos piratas, bucaneros y filibusteros enterraban bajo una palmera sus cofres del tesoro. Y, como entonces, los piratas de traje y business class cuentan con la protección por acción o por omisión de los grandes países que dicen querer perseguir esas prácticas.

La OCDE y el GAFI (Financial Action Task Force on Money Laundering o Grupo Internacional contra el Blanqueo de Dinero) denuncian prácticas y redactan listas negras de países y territorios que son paraísos fiscales y “lavanderías”, pero resulta que casi todos estos o son microestados europeos en una histórica y estrecha relación de subordinación con un Estado más grande (Mónaco con Francia, por ejemplo) o antiguas o actuales dependencias de ultramar, que han ido desarrollando y desarrollan su legislación de opacidad fiscal y bancaria con la necesaria anuencia de los Estados bajo cuya soberanía se encontraban o encuentran.

Más claro: las Islas Caimán, Turcas y Caicos o Aruba, por ejemplo, son territorios bajo soberanía del Reino Unido y de los Países Bajos. Por mucha que sea la autonomía de la que gocen, su legislación habrá de dictarse siempre en el marco de los ordenamientos británico y neerlandés. Y si la distribución de competencias entre metrópoli y territorios de ultramar da éstos últimos autonomía absoluta e intocable para establecer regímenes fiscales y bancarios singulares, ello es también consecuencia de una decisión política de los Estados metropolitanos. Por eso no deja de causar un cierto estupor que esos países, en las reuniones del G8 y del G20, en la OCDE o en la UE , se declaren decididos enemigos de las finanzas oscuras y dudosas, incluso participen en el GAFI y, al mismo tiempo, permitan que en territorios bajo su control se desarrolle la industria de la evasión fiscal y del lavado de dinero.

Reino Unido y Países Bajos no son los únicos casos. Estados Unidos y Nueva Zelanda controlan territorios considerados paraísos fiscales y países de la propia Unión Europea, como Luxemburgo, Irlanda, Malta o Chipre hacen “dumping” fiscal a sus socios.

Sus gobiernos, sus élites dirigentes, han sido “capturadas” por la industria financiera. No nos engañemos. Nuestra sociedad, la contemporánea, todos nosotros, hemos sido “capturados”, en mayor o menor medida, por el dinero. El dinero es el valor supremo, el criterio por el que medir la valía de las personas, su éxito o fracaso, su posición social. Y, me temo, ese veneno, el del dinero como principio y fin de todas las cosas, ha penetrado en el espíritu incluso de quienes no lo tienen. Los pobres tienen con los ricos y sus debilidades una condescendencia que no siempre se da a la inversa.

Mientras esto ocurra seguirá habiendo piratas a la busca de un lugar donde esconder sus botines e isleños dispuestos a darles acogida.

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