En soledad por Cazorla y campos de Hernán Perea(I)

Publicado por Rodrigo Borja-

Toda ansiedad y el esfuerzo acumulados se sosiegan en la infinita indolencia y reposo de la naturaleza”

Henry David Thoreau

Torturado por mis demonios interiores, por mis miedos, decido ir a la montaña a conjurarlos. Serán cuatro o cinco días recorriendo en soledad bosques, peñas y planicies, buscando respuestas entre nieves y nieblas y en la noche perfecta de las tierras altas. Las soledades que esta vez anhelo no están lejos, quedan bien cerca: en Cazorla, en Segura y en los Campos de Hernán Perea, llanada de pastos, cubierta en invierno por la nieve y recobrada por los hombres y sus rebaños en verano.

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Llego con el coche a la Nava de San Pedro, paraje a unos cuantos kilómetros del pueblo de Cazorla que se alcanza por una pista en buen estado: un prado, algunas huertas, un caserío. Son casi las diez. La mañana: retazos de azul entre nubes, heraldos de lluvia, grises y blancas; la luz, tímida, de un día que acabará en nieblas y nieves. La mochila a la espalda, un paso tras otro, comienzo mi camino. La senda se interna en el bosque. Laricios, -nobles y centenarios unos, jóvenes otros-, encinas, quejigos y majuelos. Los rayos del sol filtrados por las ramas. El agua, sonora, corre a un lado por el arroyo de Valdecuevas. Un puente, un recodo y dejo un arroyo y sigo otro: el de Valdetrillos. El camino, amplio, se empina. A mi izquierda, una represa detiene el arroyo, que se remansa y rebosa de su cauce. Lugar onírico: pinos corpulentos brotando de una laguna de transparencias esmeraldas. Una pareja desciende. Cruzamos unas palabras. Reemprendo el camino. Un poco más adelante, nieve. Ya no me abandonará hasta el descenso al refugio.

14-Camino de Rambla Seca

Silencio entreverado de rumores de viento, luces y brillos de sol prendidos en las ramas, nieve, peñas ásperas y agudas, cortantes, nubes grises con destellos blancos, llenan la jornada. Y el camino. Por la cuerda de los Alcañetes voy paseando mis negruras y las llevo de descenso a Fuente Bermejo. En un collado, la nieve y el camino desaparecen. Sigo unas trazas en las que quiero ver una vereda. Una vez metido en el declive de la ladera los rastros de sendas surgen y se desvanecen. Allá donde se mira se adivinan caminos. Es una ilusión. No hay nada, únicamente matorrales y piedras cubriendo la pendiente y la intuición empeñada en encontrar pasos. Cuando se llevan años saliendo al monte uno ya se ha acostumbrado a ver y a seguir en las laderas senderos inexistentes. La vista, saltando por los piornales y roquedos, se topa, sin buscarlo, con un muro de piedra en la vertiente contraria del barranco. Es el talud de un camino, el camino que figura en el mapa.

El cielo, gris plomizo con trazos oscuros, casi negros, y líneas blanquecinas, exhala aliento de lluvia. Cubro la mochila. El camino lleva a Fuente Bermejo deslizándose sinuoso por el pinar. En el collado me encuentro con excursionistas –grupos, parejas, familias- que vienen de las lagunas de Aguas Negras y de Valdeazores. Salgo a la pista. Manchas de nieve y tierra mojada, encharcada, hasta el refugio. Algunas gotas caen. Los perfiles de los árboles y de las rocas se difuminan en la neblina. El bosque, en la luz declinante de la tarde, se envuelve en misterio.

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Ramblaseca. El refugio. Fin de jornada. La noche y la nieve caen. Estoy solo en esta caseta y muy posiblemente en kilómetros a la redonda. La cena humeante a la luz de la linterna, el viento en las ventanas y “Also sprach Zarathustra” de Nietzsche, mis compañeros en esta primera noche de soledad.

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