El sabor de las cerezas

Publicado por José Javier Vidal

Un hombre de mediana edad recorre en un todoterreno desvencijado las polvorientas colinas que rodean Teherán. Busca a alguien dispuesto a hacer un trabajo extraño, desagradable, inquietante: enterrar su cadáver en la tumba que él mismo ha cavado. Ha decidido suicidarse. No quiere, parece, que su cuerpo quede insepulto. Se cruza con chatarreros, con obreros, con esa humanidad que intenta sobrevivir en los confines de la gran ciudad. Habla con ellos. Les promete dinero si hacen el trabajo, un trabajo fácil. La gente desconfía. Unos apenas si se detienen. Otros lo rechazan con formas destempladas, casi con violencia. Un joven recluta con gesto contrariado primero,  un seminarista de rostro impávido después, le escuchan. El soldado en cuanto tiene ocasión escapa espantado del coche. El estudiante de ayatolá no tiene a mano nada mejor para responder al grito de socorro y de desesperación del hombre que los argumentos de catecismo aprendidos de memoria en la madraza: la vida es dada por Dios y no es lícito al hombre disponer de ella, aunque sea la suya propia y esté cargada de un sufrimiento insoportable. Su mirada lánguida y un esbozo de sonrisa no pueden ocultar la vaciedad, la crueldad de sus palabras. Un tercer hombre -un taxidermista bien entrado en la cincuentena, quizá más- sí comprende la angustia del protagonista, la comparte y se compromete con ella. El taxidermista empeña lo más valioso que tiene un ser humano: su palabra. Promete hacer el trabajo, pero antes obliga al suicida a reflexionar sobre la vida. A mirarla con otros ojos. A intentar levantar el velo con el que su amargura la está cubriendo y ahogando.
El director iraní Abbas Kiarostami en “El sabor de las cerezas”, película de 1997,  sube al coche del protagonista y lo acompaña en su deambular angustiado por los yermos descampados de Teherán. La película es, en esencia, una respuesta cinematográfica al problema filosófico, el único importante según él, que planteaba Albert Camus: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena ser vivida. La filosofía, bien mirada, no es más que el intento de contestar a esa pregunta. La cinta de Kiarostami es, pues, filosofía pura. Sin artificios, sin trampas, sin sensiblerías: rostros, gestos, palabras, el mundo y la vida en forma de imágenes, de paisajes. Podría decirse que la película desarrolla una tensión filosófica que se acentúa, que se va creciendo en cada diálogo -el recluta, el seminarista- y que alcanza el clímax en las palabras del taxidermista. Hubo una ocasión en la que él también quiso suicidarse. Sentía que la vida le venía grande. No podía más. En el último momento, sin embargo, vienen a su mano, a su boca, unas moras, unas cerezas, y decide que disfrutar de su sabor dulce e intenso bien merece el esfuerzo de seguir viviendo la vida. Después vinieron el amanecer y unos niños camino de la escuela. Y luego el crepúsculo, una noche de luna llena, el cielo estrellado. En estos milagros de sensaciones, de luces y colores, sonidos, olores y sabores, el taxidermista encontró su respuesta a la pregunta de Camus: sí, la vida vale la pena vivirla. No porque así lo ordene Dios, ni por un imperativo categórico kantiano. Ni siquiera por el amor de los suyos. Lo que le hizo no abandonar el camino no fueron razones externas, impuestas desde fuera por alguien o por algo situado en un improbable más allá, sino por motivos que surgen, y que sólo pueden surgir, del interior, de lo más hondo de un espíritu, en su caso, continuar admirando la belleza del mundo. El protagonista, del que no sabemos en ningún momento las razones de su desesperación, responde al taxidermista con silencios y gesto atormentado y le conmina, cuando se despiden, a que no falte al día siguiente a la cita.
El final queda abierto. El suicida se tiende, de noche, en la que debe ser su propia tumba. Siguen unas imágenes de una suerte de “making of” de la película. Nada más. El director deja al espectador el trabajo de encontrar su propia respuesta, la personal e íntima de cada uno, a la pregunta insoslayable que ha planteado.
A un espectador acostumbrado a las urgencias y a la agitación del cine convencional, el ritmo de la película, al principio, le puede resultar demasiado pausado. Ese ha sido, lo confieso, mi caso. Es preciso resistir la tentación de la impaciencia. Esta película, como algunos medicamentos, es de acción lenta o retardada. Sólo tenemos que dejar que transcurran unos minutos para que los gestos y las palabras de la historia nos hablen, nos penetren, nos atrapen. Todo va cobrando sentido y ya no podremos abandonar a ese hombre en su vagar afligido por esos paisajes externos e internos de desolación. Tendremos que acompañarlo hasta el final de su búsqueda. Una búsqueda, la suya, que también es la nuestra, la de cada uno de nosotros.

 

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