Kuwait por dentro: 10 días en el paradigma del Golfo Pérsico

Publicado por Rober Cerero

 

Lamborghinis, Rolex, Louis Vuitton, Marriots y restaurantes de lujo.

Toyotas de hace 25 años, casuchas compartidas por encima de sus posibilidades, talleres destartalados y shawarmas callejeros.

Lo primero es Kuwait. Lo segundo también. Un Maserati adelantando por la derecha a una furgoneta repleta de trabajadores paquistaníes. Rascacielos ultra modernos que envuelven a edificios hechos con prisa, hace mucho tiempo, y que se caen a cachos. Burkas que a duras penas esconden taconazos Louboutin, iPhones 6 y Tag Heuer.

Kuwait es uno de esos países del Golfo Pérsico que desborda contradicción, capaz de aglutinar, en una pequeñísima superficie de terreno, las mayores fortunas del mundo provenientes del petróleo junto con dosis de miseria provenientes de más al este, de países donde las vacas son sagradas, el color de la piel más oscuro y el inglés tiene un acento impracticable.

Es decir, hablamos de un Estado que parece cumplir a rajatabla con el estereotipo de los países  del Golfo (¿o no pensamos en esto mismo cuando nos hablan Dubai, Abu Dabi o Qatar?)

Cierto es que Kuwait no tiene tanto glamour como los tres anteriores, el turismo es prácticamente inexistente y, en ciertos aspectos, aún está latente en la memoria nacional la guerra que sufrieron hace 25 años y que no afectó a sus vecinos. Sin embargo,  no han tardo mucho en reconstruirse, moral y físicamente, y subirse al carro de los nuevos Estados Árabes, todos cortados por el mismo patrón.

kuwait

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El dinero por bandera

Recuerdo un comentario que mi abuelo, con mil tiros dados en el mundo político y empresarial, soltó una vez hace años: la Junta de Andalucía primero paga y luego pregunta. Matizamos: primero contrata, luego pregunta si lo que ha contratado puede hacerse y, por último, mal y tarde, paga (a veces por contratos que no han podido realizarse). Pues bien, durante mis 10 días en Kuwait, y gracias a la gente que conozco y que vive y trabaja allí, me dio tiempo a darme cuenta de que ese país era como la Junta, pero con una gran diferencia: ellos sí que pagan, y mucho.

Quizá sea complejo de nuevos ricos, quizá las ansias de recuperarse definitivamente del conflicto bélico, o la “envidia”  por no tener el reclamo de sus vecinos de Golfo… El caso es que Kuwait está creciendo de forma mastodóntica, invirtiendo millonadas en centros comerciales, rascacielos, hospitales, museos, carreteras… Aprovechando sus ilimitados recursos en forma de oro negro, le están ganando la partida al desierto.

kuwait coches

kuwait towers

 

¿Qué implica todo esto? Oh sí, por supuesto: el aumento de las desigualdades:

En primer lugar, las desigualdades arquitectónicas que comentábamos al principio. En segundo, las humanas: en un país donde el 55% de la población es extranjera, se contrata a los occidentales para los puestos de trabajo cualificados, y a los orientales –India y Bangladesh se llevan la palma- para los no cualificados. Las diferencias salariales y de calidad de vida son, simplemente, abismales (parece que al menos en este aspecto han “conseguido” igualar a sus vecinos). Y, entre tanto occidental y oriental, los kuwaitíes entonces ¿qué hacen? Pues, básicamente, ser los dueños de todo, forrándose hasta las cejas. Y no, no exagero. Gracias al petróleo, los nativos no tienen que pagar impuestos, recibiendo además una casa gratis por el mero hecho de casarse. ¡Buen negocio, sí señor!

Otro aspecto en el que Kuwait está a la altura de los Emiratos o Qatar, incluso llegando a rebasarlos, es el de las contradicciones morales y religiosas. Cuando unas reglas, sean religiosas, morales, sociales, políticas o del parchís, son demasiado estrictas, el ser humano tiende a romperlas, a saltárselas a la tolera. De hecho, cuanto más restrictiva es una norma, como es el caso de muchos de los dogmas islámicos, mayor el riesgo de pasársela por el forro de aquélla sensible parte a lo grande, a lo gigante.

El carrusel de desenfreno

¿Qué no se permite vender ni consumir alcohol en el país? El mercado negro florece (a precio de petróleo, eso sí), las bañeras particulares se utilizan para destilar ron, y la cerveza y el vino caseros se convierten en el pan de cada día.

¿Qué no existen las discotecas y las fiestas están prohibidas? Pues conviertes un edificio abandonado, el salón de tu casa o una isla desierta en la mezcla entre Ushuaia Ibiza y Fabrik London, con música, alcohol y drogas por doquier. Sorprendentemente, son los propios kuwaitíes los que más fomentan estas fiestas underground que a veces acaban totalmente desmadradas.

Eso sí, tienes que conocer a alguien que conozca a alguien, no vaya a ser que la policía se cosque (porque la música a todo volumen y las luces de discoteca que se ven a un kilómetro, parece que no son suficientes para que la policía se cosque cuando hay habibis de por medio).  Para que nos entendamos, el concepto de habibi es el de amiguismo, enchufismo; ese por el cual la poli te deja en paz por conocer a la persona correcta o, simplemente, por ser occidental.

fiesta kuwait

Pero, ¿y si lo que pasa es que no puedes practicar el sexo antes del matrimonio? Sin problema, el uso de Tinder y Grinder están a la orden del día.

¿Qué no puedes compartir piso ni hotel con una persona del sexo opuesto si no estáis casados? Pues oye, te compras un anillo decorativo, photoshopeas una foto de matrimonio y listos, ¡todos contentos!

Pero no podemos olvidar que todo esto va contra las normas religiosas y morales islámicas, por lo que, al día siguiente, o incluso durante el acto prohibido, no serán pocos los remordimientos de conciencia y los arrepentimientos. Ese doble rasero tan común en los países árabes y en otros tantos del resto del mundo. 

El occidental, en cambio (nótese que uso el término occidental de forma genérica, sin perjuicio de que haya perfectamente occidentales musulmanes y árabes ateos), vive en una nube: llegas a un país en el que crees que no habrá nada, dejado de la mano de Dios –o de Alá- y te encuentras con un auténtico carrusel de fiestas salvajes.

Más tolerantes que muchos de nosotros

Desfases locos aparte, hay que destacar de Kuwait la gran tolerancia religiosa imperante, tanto por parte de sus gentes como de sus instituciones, que ya quisiéramos para nosotros: seas musulmán, cristiano, hinduista o ateo, a nadie le importa. Es más, sí les importa, pero para bien: se interesan por tus creencias e intentan facilitar que puedas desarrollarlas en su país. ¿Influye el hecho de que la mitad de su población venga de fuera de entornos árabes? Probablemente sí, pero yo prefiero pensar en una tolerancia genuina y altruista.

Cierto es que por las calles de Kuwait, o por las pocas por las que se puede caminar por la falta de aceras y porque hace más calor que practicando el sexo debajo de un plástico, no encuentras muchas Iglesias, pero sí mezquitas. Entre todas destaca sin duda la Gran Mezquita, un edificio gigante y precioso que te enseñan y explican de forma gratuita sus amables guías. El nuestro en concreto, pese a que el pobre diablo no comprendía del todo que Miriam y yo no fuésemos pareja, y que encima llegásemos tarde, nos hizo un tour muy completo e interesante.

gran mezquita kuwait

gran mezquita kuwait

gran mezquita kuwait

Aparte de la Grand Mosquee, o Gran Mezquita, no había mucho que visitar en Kuwait, salvando por supuesto la Casa de los Cristales, una increíble vivienda decorada, por dentro y por fuera, con miles de trozos de vidrio de decenas de colores que daban forma a la infinita creatividad –y tiempo libre- de su dueña.

casa de los cristales kuwait

casa cristales kuwait

Los camellos

Imagina que estás en el desierto, en un país poco más grande que la Comunidad Autónoma de Murcia y donde beberse una cerveza está prohibido. Imagina que es sábado por la mañana y quieres divertirte. ¿Qué haces? Por mucho cochazo que conduzcas o petrodólares que manejes, no puedes obviar el hecho de que estás en el desierto, en un país un poco más grande que Murcia y no te puedes tomar una cerveza al putosoldeldisertodeloscojones solito, por lo que, por algún lado, tu vena pérsica tiene que salir.

Es sábado por la mañana, y los kuwaitíes –y algún extranjero zumbao- se van a las carreras de camellos. Nunca jamás habría podido imaginarme que podría ser tan divertido y generar tanta adrenalina ir a una carrera de camellos en Kuwait. Los bichejos, que corren alrededor de un óvalo de varios km, se tiran media hora corriendo a más de 40km/h.

camellos kuwait

El truco para disfrutarlo es elegir al tuyo (nosotros elegimos al que iba de rojo y amarillo, muy patrióticos nosotros) y, ojo al dato, montarte en tu coche y seguir la carrera junto con decenas de coches más a escasos metros de los animales. Casi más divertido que azuzar en un perfecto español a tu camello, es ir pitando y conduciendo como un loco entre los coches de los avezados árabes mientras éstos no dan crédito al encontrarse con un grupo de blancuchos que parecían estar animando en la final del mundial de Sudáfrica.

carrera camellos kuwait

 

Ah, ¿que hace demasiado calor y ya no estás para esos trotes? No te preocupes: también puedes ir a patinar sobre hielo, pese a estar a 50º a la sombra, porque ésto es Kuwait, el paradigma del Golfo Pérsico:

pista hielo kuwait

Kuwait, el paradigma del Golfo Pérsico

Y así, tras 10 días de consumir comida muy picante, probar el ron de dátiles casero, ser un improvisado fanático de los camellos rojos y gualdas y pasear por un país donde no hay aceras; después de vivir, en general, un choque cultural muy interesante, me despedí de Kuwait. Me despedí de ese país lleno de contradicciones, de ese paradigma del Golfo Pérsico donde todo está en constante evolución y donde, pese a lo que puede parecer de primeras, pasarlo bien es muy fácil.

Y de su gente, sobre todo me despedí de su gente, lo que fue un poquito más difícil…

robercerero

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