Nuestra vida en Colombia (II): mudanzas, vascos… Y Andrés Carne de Res

Publicado por Rober Cerero

¡Qué pasa chavalería! El otro día, en el primer volumen de éste vuestro nuevo blog favorito – ¿a que no sabíais ni que os podía llegar a gustar un blog? – os presenté al Team Colombia, o a parte de él, pero casi no os hablé de la vida en Bogotá. Es el momento de solucionar eso.

Nuestra segunda semana se puede resumir en cuatro grandes acontecimientos:

El primero, y el que más interesa a mi señora madre (sé que me estás leyendo, guapura): no paramos de ver pisos, la mayoría de ellos completamente distintos a lo que necesitábamos. ¿Por qué? Porque tuvimos la feliz idea  de confiar en una agente inmobiliaria empeñada en que cuando decíamos “un piso amueblado de tres habitaciones”, en realidad queríamos decir: “un piso sin amueblar de dos habitaciones”.

TODOS los pisos a los que nos llevó eran de dos habitaciones, y la tipa en cuestión, Lucy, se empeñaba en levantar tabiques imaginarios. Se ve que tenía un cuñadete albañil o algo. ¿Lo bueno? Que nos daba paseos en el coche en plan colombian style -¿os acordáis del videojuego Crazy Taxi?- y nos contaba batallitas –por lo general fruto de la más absoluta invención-.

Mención aparte aquélla tarde en la que nos acompañó una señora octogenaria con más botox que Belén Esteban y que iba por la zona pija de Bogotá diciendo: este apartamento era mío, este otro de mi marido, este sigue siendo mío, el otro se lo malvendí a una chica que blablá… Una buena cacique de las que ya no quedan.

Mi barrio

El segundo acontecimiento fue que tuvimos que dejar el Airbnb y, ojo al dato, irnos a otro con Bosco. Sí, Alfredo Bosco, al que ya conocéis. Vivir esos días con Bosco ha sido una de las mejores experiencias desde que estamos en Colombia. Bosco es un tipo que, cual gallo, se despierta con el sol. Y Bosco es un tipo con una filosofía de vida bastante clara: si él se despierta, lo normal es que los demás también lo hagan. ¿Cómo? Muy fácil: le manga el altavoz a Josefino, pone AC/DC al máximo y hala, a cantar y a chillar en catalán. Ajam, en catalán. ¿Que son las 6 de la mañana y Bosco es de Madrid? Sí, pero es Bosco, y hay que quererle.

Otra de las experiencias de vivir con Bosco es que nunca sabes lo que puede depararte la vida si llegas a casa después que él. Como aquél día que me encontré cartas en el rellano del edificio, las fui siguiendo hasta mi cuarto y, ¡sorpresa! Nueva decoración en mi sofá-cama:

El tercer acontecimiento de esa semana fue descubrir por primera vez las fiestas de la Casa del Terror. La Casa del Terror es una casa gigantesca habitada por cinco chavales vascos ex ICEX y ex Beint/Global (el equivalente vasco al ICEX). Para que entendáis el porqué del nombre, debéis saber que tienen dos terrazas, una cerrada y otra descubierta, que son más o menos como mi piso entero de Sevilla, que tienen unos vecinos que deben de ser sordomudos y que, joder, son cinco jodidos vascos que se quedaron en Colombia después de su beca. Blanco y en botella: carne de cañón de fiestas y afters.

Ese viernes de Casa del Terror nos dimos cuenta de tres cosas claves para entender la vida bogotana:

  • El ron Santa Fe es la rehostia
  • En este país no se puede salir de fiesta sin aguardiente, también conocido como guaro. Sí, sabe tan asqueroso como suena, pero te pone to ssssiego y está presente en toda reunión ociosa de colombianos.

Amor-odio eterno a este licor
  • El País Vasco está colonizando poco a poco Bogotá. De hecho, están planteándose hacer una redefinición de lo que viene siendo Euskal Herria. Ya sabéis: la Euskadi actual, Navarra, el País Vasco-Francés y ahora Bogotá. En serio, de 30 personas que había en esa casa, 20 eran vascos. Eso sí, serán más que en la guerra, pero son todos la caña: Jony, cuyo nombre real es Jonatannotevayaspalohondo, María, Ania de Espania, Mikel, Laura, Natalia… Ya os iré hablando de toda esta gentuza de la que nos hemos hecho tan colegas.

Y ese viernes de Casa del Terror no sólo conocimos gente y bebimos guaro, sino que además fuimos a nuestro segundo rooftop y, esto es importante, descubrimos el primer sitio de “after”. Y entrecomillo after porque, como suele ser normal más allá de España, la fiesta en Bogotá acaba pronto, a las tres. Eso es genial, porque teóricamente te da para dormir algo, si no fuese porque has ido a parar a una colonia de españoles fiesteros que se las saben todas.

El cuarto gran acontecimiento fue bastante épico: Andrés Carne de Res. Andrés Carne de Res es un restaurante-bar-discoteca-sitioperfectoparaguiris a media hora de Bogotá que regenta un tal Andrés y que se caracteriza por lo bueno de su carne de res. Bueno, y porque es más grande que la mitad de los pueblos de Castilla y León. Y porque se cena de locos mientras bebes cócteles, guaro y cubatas. Y porque hay música en directo que va de mesa en mesa. Y porque la gente se levanta y se pone a bailar cada dos por tres. Y porque luego se convierte en una auténtica discoteca.

Andrés es una pasada. Muy de guiris, sí, pero también lugar mítico de celebraciones para los locales. El típico sitio al que llevar a todas las visitas que vayan viniendo. Y el típico sitio donde celebrar tu cumpleaños. Y tu boda. Y tu divorcio. Y lo que tú quieras.

Locurita lo de Andrés

Y, ¿cómo ir hasta allí? Pues con el bueno de Delfirio, un conductor de Uber que, con su furgoneta de nueve plazas, se ha convertido ya en nuestro driver oficial para cuando viajamos en manada.

¿Cosas que destacar de Andrés? Que Carlos se emborrachó –ojo, que Carlos no bebe-, y que fuimos cinco a la ida pero nueve a la vuelta, ya que Josefina se dedicó a invitar a gente random a la furgo de Delfirio. Y no os creáis que habló mucho con ellos, ¿eh? Qué va. Estaba el pobre más preocupado por no echar la papilla sacando la cabeza por la ventana.

Y así, el segundo fin de semana en Bogotá se iba acabando, superando con creces al anterior. Pero aún quedaba el domingo, y decidimos que ya era hora de hacer un poquito de turismo. Porque nuestra zona, muy bonitaseguraymaravillosa, no deja de ser una burbuja bastante distinta de la Bogotá real, esa Bogotá en la que tienes que ir con cierto cuidado, con ciertos barrios en los que no puedes entrar y a cuyo centro mejor no ir de noche.

Así que, aprovechando la mañana del domingo –no es país para la resaca-, nos fuimos al centro a hacer un poco el guiri. Primero a un mercado gigante de abastos, Paloquemao, todo lleno de colores, olores y sabores nuevos. En Paloquemao quedaron claras dos cosas: el jugo de mango con leche es bien. Y el mangostino es la mejor fruta que existe sobre la faz de la Tierra. Ya, suena a coña el nombre, pero es real. Parece una chirimoya por fuera y un diente de ajo por dentro, pero sabe a jodido cielo. Probadla.

Os presentamos nuestra nueva fruta favorita

Y después del mercado, a patearnos el centro. Esto ya era otra cosa. Esto sí era Colombia, y no la reproducción de la neoyorkina Park Avenue en la que nos movíamos. Vendedores ambulantes, los primeros guiris, gente echada a la calle, casas bajas, muchos colores… Rodeado, eso sí, de edificios modernos, altos y horteros. Porque Bogotá es así: puro contraste. Ahora zona rica, ahora zona pobre, aquí sí, aquí no. Nunca deja de sorprenderte.

Y así, queridos, acabó nuestra segunda semana en Bogotá, la tercera incluye un viaje de 8 horas por carretera a Medellín, Pablo Escobar y más mierdas de esas que os gustan, pero dadme unos días para escribirlo todo.

Ah, por cierto, esa semana encontramos piso, pero no nos lo daban hasta 10 días después… Diez días más viviendo con Bosco, con todo lo que eso conlleva.

Volvemos en unos días. Hasta entonces, ¡sed felices!

robercerero

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