Nuestra vida en Colombia (IV): Carnavales de Barranquilla

Publicado por Rober Cerero

Una de las cosas que teníamos claras antes de llegar a Bogotá es que teníamos que ir a los carnavales de Barranquilla. Nos habían hablado genial y, bicheando un poco, nos dimos cuenta de que son uno de los más importantes del mundo. Y bueno, Shakira es de Barranquilla, y todos teníamos la secreta esperanza de que sus rasgos fuesen algo común por allí. Total, que a Barranquilla nos fuimos.

Como ya habréis empezado a notar, a nosotros nos gusta hacer las cosas a lo grande, tirando a épicas, y un evento como este no iba a ser menos. No nos bastaba con ir a los carnavales: íbamos a desfilar con una comparsa. Con un par. Pero vayamos por partes:

Santa Marta

Todo empieza con un vuelo a Santa Marta, a donde llegamos bien entrada la noche. Hola, señor taxista, ¿nos lleva a nuestro Airbnb? Sí señor, a la orden, sigan. El bueno de Adri se había encargado de reservar el Airbnb que, por cierto, era sensiblemente más barato que el resto de Airbnbeses de la ciudad, ¿Por qué? Ah, por nada, simplemente porque estaba p**o enfrente de la cárcel. Una cárcel, por cierto, con 1.400 presos y capacidad para 350. Gracias Adri.

Pero, en fin, temas carcelarios, un par de minicucarachas y una ciclogénesis explosiva (viento fuerte, coño) que nos revoleaba la cena aparte, lo cierto es que no estaba mal el sitio. Eso sí, cena y a dormir, que al día siguiente teníamos que buscarnos la vida para ir a Barranquilla.

Barranquilla

Llegamos a Barranquilla en una buseta, más tarde de lo que deberíamos, y la comparsa nos estaba esperando. La comparsa y Luis y una buena trupe vasca que tenían un apartamento pillado por ahí. Total, check in a toda prisa en el hotel y un taxi a toda leche para pillar los disfraces (y pagarlos, y pagarlos…)

La cosa empezó movidita: ¿recordáis la época en la que en la Fórmula 1 los coches rompían motor y salía un humo blanco que ni cuando eligen papa? Pues este tipo se ve que era fan desu paisano y ex Mclaren Juan Pablo Montoya, porque decidió imitarlo: a mitad de camino el taxi se para porque empieza a salir una humareda del copón. Vaya amigos, les voy a tener que apear aquí, parece que el carro se calentó un poquito. ¿Un poquito? Churra, para hacer pinchos morunos.

Total, que nos toca correr por Barranquilla, y a todo esto, en calzoncillos y con el móvil y la cartera en la mano, porque nos tocaba disfrazarnos de arriba a abajo. Pero todo esfuerzo tiene su recompensa: nada más llegar, nos calzamos los disfraces y nos desayunamos unos chupitos de vodka, que había que ir entonándose. Daba igual que fuesen las 10 de la mañana, carnavales de Barranquilla copón.

El antes…

Y el después!

De nuevo con prisas llegamos al bus de la comparsa, que nos esperaba para llevarnos al desfile. Enseguida se confirma que todo huele a día grande: nos dan gafas de sol, vasos de chupitos y un kit de supervivencia. ¿No exageran un poco? Pues teniendo en cuenta que había macro quedada a las 11 para hacer botellón, quizá no. Mira que puede parecer asqueroso hacer botellón antes de comer, pero cuando lo que bebes es el maravilloso y archiconocido ron Santa Fe (eso sí, en brick), bañado en un chorreíni de guaro, pues una empanadita pa empapar y p’alante Maricarmen.

El desfile y su after

El desfile en sí fue una pasada. Miles de personas disfrazadas, decenas de miles vitoreando desde los palcos, niños que te dan la mano, gente –posiblemente japoneses- haciéndote fotos… Fueron 3 horas de vorágine alcohólicofestiva. ¿Qué no te sabes el baile? ¡No pasa nada! Bueno, menos cuando toca pasar por el palco de autoridades, entonces sí pasa. Pasa que llega el coordinador y te esconde en última fila, detrás de la carroza, para no quedar mal.

No, no son flamencas, es un traje típico

Pues sí queridos, el desfile fue la caña, pero  el día no se acababa ahí. Después de tomarnos una sopa que levantaba a un muerto y cambiarnos de ropa, nos unimos a los que no desfilaron… Y a Marta, Estrella, Marta II y Patri, alias las ICEX de Panamá, muy carnavaleras ellas.

Por razones de la vida nos topamos con una calle que se había convertido en una auténtica fiesta. Pero nada de gringos como nosotros, sino pureza barranquillera: los vecinos habían cortado la calle con sillas, sacado altavoces a la calle, ¡y a bailar! Los chavalines del barrio no se habían visto en una así en su vida, bailando con niñas guapas guiris. Se turnaban y se hacían fotos, los muy truhanes. En esta fiesta improvisada hicimos nuestros primeros pinitos con la salsa, o la bachata, o el merengue, o el vallenato, o vaya a saber usted lo que era, porque entre el guaro –Panamá descubrió sus maravillosos efectos- y que yo soy más bien mariquitindie, todo me sonaba igual.

La que sí dominaba el asunto era Rebeca, la chica de Proesca (el ICEX canario), por aquello de que los canarios son medio venezolanos. Y cubanos. Y africanos.

Panamá Team con Josefino, Cris, Rebeca y un señor anónimo descamisado 

La noche, la gran noche, tocaba a su fin, pero no pasaba nada: teníamos todo el domingo por delante, y lo íbamos a pasar tiradísimos en la playa de Santa Marta.

La buena de Estrella, que espero que no me mate si lee esto

Fuengirola Rodadero

Vale sí, fuimos a la playa, a Rodadero, que ya iba siendo hora. Y vale, sí, estábamos en el Caribe. Pero olvidaos de las estampas paradisíacas, la arena blanca, el agua transparente… Y pensad en Fuengirola. En Agosto. Un domingo.

La playa, muy larga pero estrecha (imagino que como el pito de una mantis religiosa) estaba petada de gente: de familias domingueras, de familias venezolanas domingueras que bebían ron cual agua, de camareros de los restaurantes y bares de arriba, de masajistas, de parejas, de gente vendiendo cosas… Y claro, aquí entra Adri, ese tipo que además de reservar apartamentos con vistas a la cárcel es un auténtico genio a la hora de gastar. Pues hala, piñita colada y foto perfil:

Pero, puestos a hablar de gastos absurdos, toca hablar de las camisas sublimelamentables que nos pillamos en el restaurante en el que, por fin, comimos pescado (que por cierto, era Pargo y estaba regular na más, pero era pescado). Aquí la prueba del delito, un delito que no cometimos hasta que Jose regateó con el buen nombre con una ferocidad nunca vista. Para que os hagáis una idea, el tipo empezó pidiendo unos 20 euros, y Jose ofertó 5. De ese palo.

Y de esta guisa, con esas camisas y esas pintas de guiris recién divorciados, hasta arriba de arena, nos plantamos en el aeropuerto. Se acababa un nuevo gran finde colombiano. ¿Qué iba a ser lo siguiente? El eje cafetero, pero para eso os tendréis que esperar unos días.

Las gafas se las encontró en el aeropuerto

No venía de hacer caca… ¿O quizá sí?

Ace Ventura, detective de mascotas

Hasta entonces, o hasta los siguientes carnavales de Barranquilla, sed felices.

robercerero

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