Nuestra vida en Colombia (VI): lo que no sabías de Bogotá

Publicado por Rober Cerero

Reconozco que el blog ha estado un poco parado últimamente. Y cuando digo últimamente, digo fácilmente dos meses.

No es que no hayamos hecho nada destacable, pero entre que no ha habido viajes en grupo y que he estado perezoso por la lluvia… Pero hasta aquí hemos llegado. Mi amigo Chinto me pedía que describiese más a fondo Bogotá, y yo he decidido hacerle caso, aunque a medias. Hoy no voy a hablar de las plazas de Bogotá, ni de la altura de sus edificios, ni de sus museos. Hoy voy a contar una serie de curiosidades sobre esta peculiar ciudad, ese tipo de cosas que no llegarías nunca a saber si no pasas un tiempo aquí.

Lo primero que tenéis que saber es que Bogotá es un puñetero caos, tanto si eres persona como si eres coche. Si eres coche, lamento decirte que el tráfico es extremo (8 millones de personas y no hay metro). Los trancones son diarios, y hacer un recorrido de tres o cuatro kilómetros puede llevarte 45 minutos fácilmente. Y no sólo es eso: las calzadas están llenas de socavones. Y no socavones en plan bachecito tontorrón, no. Socavones en plan que cuando llueve se convierten en piscinas con más profundidad que las playas de la costa valenciana. Y llueve mucho, mucho, mucho. Llueve todos los días, y las piscinas y las riadas son el pan nuestro de cada día.

Pobres coches...

 

Por si fuera poco, pese a ser una ciudad diseñada como una cuadrícula, ir recto a un sitio es una utopía. Porque una cosa es el diseño, y otra bien distinta la ejecución. Hay avenidas que se cortan abruptamente al llegar a una manzana (cuadra), y te toca rodearla. Pero cuál será tu sorpresa cuando vas a rodearla y te das cuenta de que tienes que ir hasta la siguiente, y hasta la otra, y otra más, porque resulta que tres o cuatro calles seguidas son de un único y mismo sentido.

A todo esto sumamos que los carriles no están pintados y que probablemente el examen del carné sea del tipo de: tiene usted 10 minutos para llegar a este punto, adelante y corra todo lo que pueda. ¿Total? Pues eso, un caos.

Pero, si los coches ya estaban jodidos, para los peatones es aún peor.  Es más, se podría decir que Bogotá es la ciudad menos peatón-friendly del universo. Os voy a describir los 17 minutos que hay andando de mi casa al trabajo; 17 minutos en los que tienes que estar más alerta que para saltar con el dinosaurio de Google Chrome cuando te quedas sin internet.

Ir al trabajo, deporte de riesgo

Lo de estar alerta no tiene nada que ver con la seguridad, ni mucho menos. Como ya he comentado alguna vez, el norte de Bogotá (donde vivimos y trabajamos) es perfectamente seguro. Tiene que ver con el mobiliario urbano y la arquitectura de la ciudad. El primer gran enemigo del adormilado peatón son las baldosas: las baldosas por sí mismas no son malas, no es que tenga nada en contra de ellas y no quiero que se ofendan; pero, cuando una de cada seis baldosas está levantada o directamente no está, o estaba pero ahora hay un agujero, la cosa cambia. Tienes que ir con mil ojos, porque a la que te descuidas te cae un esguince de tobillo.

Y, si hay algo más peligroso para los tobillos de los adormilados peatones que las baldosas levantadas, son las baldosas levantadas y en cuyos huecos y rendijas se acumula el agua de la lluvia. No sólo hay peligro de torcedura, sino que, si no vas con mil ojos, te pones perdido los pantalones y los zapatos.

El segundo gran reto de caminar por Bogotá también tiene que ver con la lluvia: como las carreteras se convierten en piscinas, los coches, por lentos que vayan, van a levantar una ola más surfeable que el flequillo de Piqué. Así que toca ir lo más alejado posible de la calzada, para no calarte más todavía.

Pero la cosa no acaba aquí: en el hipotético caso de que hayas jugado toda tu vida al buscaminas y que te sepas la localización exacta de las baldosas traicioneras, y en el hipotetiquísimo e improbable caso de que no haya llovido en las horas previas a tu caminata, nos encontramos con otro gran desafío para el peatón estándar, que tristemente es una imposibilidad para carritos y silla de ruedas: las aceras de Bogotá fueron diseñadas por algún tipo con Parkinson, pero se le olvidó advertir de ello a los obreros. Lo digo porque, en vez de ser en línea recta, están constantemente sufriendo cambios de altura, intercalando escalones que no vienen a cuento, con absolutamente 0 rampas.

Y, ojo, no os creáis que hablamos de escaloncitos inocentes, no. Hablamos de escalones que, por altura, bien podrían ser patrullados por la Guardia de la Noche (Night Watch para aquéllos que van en plan “tronco, las series hay que verlas en inglés, en español pierden mazo”; o, la misma frase en su versión andaluza: “killo es que la voz del Jon Nieve en español es una mojona”).

Quizá no se aprecie fácilmente, pero nótese que el borde de la acera le llega al tipo POR ENCIMA DE LA RODILLA!!

Ah, claro, y que no te toque el trozo de acera cortado por obras, porque entonces te tocará andar nadar por la carretera.

Lo dicho, Un caos.

Mientras tanto en las aceras…

Pero caminar por las aceras de Bogotá no sólo produce desconfort, también tiene sus cosas buenas. Por ejemplo, los puestecitos de jugos naturales, macedonias y arepas que te encuentras por cada esquina. La fruta está buenísima, y te ponen cantidades industriales por poco más de un euro. Espectacular la velocidad de algunos señores cortando la piña con un machete.

Arepitas matutinas con toda su parafernalia, a euro oiga

Otra de las cosas que te encuentras yendo por las aceras de Bogotá son los talleres-bici que, con una lógica y pragmatismo empresarial sin precedentes, en esta ciudad se sitúan donde más útiles son, justo al lado el carril bici:

Mención especial merecen también los graffitis. Hay muchos y, normalmente, son la caña, tanto que se utilizan para anunciar hasta clubes de boxeo o line-up de festivales!

Y, casi igual de frecuentes que los carritos de jugos y arepas de los que os he hablado, son las cafeterías “Tostao”, que para que nos entendamos son los nuevos Starbucks, sólo que baratos. Y ricos, lo cual no es nada fácil de encontrar. ¿Cómo? ¿Que el café en Colombia no suele ser bueno? Lamento deciros, queridos, que la respuesta es NO. En primer lugar, porque el mejor café lo exportan; y, en segundo lugar, porque tienen la puñetera manía de hacerlo flojo, aguado, con las máquinas estas americanas de filtro. Sirva como ejemplo el anuncio de TV de Águila Roja, una de las marcas de café más populares:

Joder, es que da asco. 

Ah, y habréis apreciado que dice “tomémonos un tinto”. No, no es que sean anuncios pensados para los albañiles de pueblo, de esos que están con las litronas a las 10 de la mañana, sino que, en Colombia, un tinto es un café solo.

Otra de las cosas a tener en cuenta en Bogotá, y no sólo cuando andas por la calle, es la altura. Vale que yo sea sevillano y que esté acostumbrado a vivir a unos maravillosos 11 metros sobre el nivel del mar, pero es que Bogotá está a 2.600, y eso se nota y mucho. Más allá de que estar en lo alto de la montaña provoque que todos los días llueva, esté nublado, y no se pase jamás de los 22 grados, la altura te puede llegar a joder la vida por varias cosas:

  • Te cansas mucho. Mucho. Jugar al fútbol es tener el pulmón fuera a los 10 minutos, botellones y 30 años aparte. Además, ir enviando un audio de WhatsApp mientras caminas es el equivalente a ponerte una bolsa en la cabeza. Te quedas sin aire.
  • La comida: el agua hierve a menos temperatura, y eso que hace que la comida tarde más en hacerse, que los tiempos del arroz ya no te sirvan para nada y que las lentejas, si no las pones en remojo, estarán más o menos igual que el órgano reproductor masculino de un adolescente a primera hora de la mañana.
  • Las borracheras se vuelven eternas, duran mucho más que en España. Eso podría estar bien, y de hecho lo está, menos cuando toca trabajar al día siguiente. No hay Tostaos, jugos ni arepas ambulantes que te quiten la tontería antes de la hora de comer.
  • El sol quema. Sale poquito, pero cuando lo hace lo parte tó y no paga ná. Pega fuerte el muy cabroncete.
La gastronomía

No podía hablar de Bogotá, o de Colombia, sin entrar a valorar su gastronomía. En resumen, hay varias cosas que debéis saber:

En primer lugar, Bogotá tiene un gran problema: está invadida por el cilantro. Se lo echan a todo, y no precisamente de forma residual. Lo ponen en las sopas, la carne, las patatas, el arroz… Es la base de todo. Es el el big bang de la gastronomía. Es una trampa para guiris, el azote del gringo.

Además, ya puedes pedir por favor, amenazar, sobornar, que te lo van a poder igual. Os transcribo una conversación cualquiera durante mis primeros días en esta ciudad:

  • Perdone, ¿esta sopa lleva cilantro?
  • Sí señor, ¿no le gusta?
  • Lo odio, ¿es posible quitarlo?
  • Claro señor, se echa al final, le digo al cocinero que no le ponga

(Se va el camarero. Comienzan las apuestas sobre si se lo van a quitar o no. Vuelve el camarero con la sopa. Pruebo la sopa. Por supuesto, está hasta arriba de cilantro. De hecho, probablemente sólo lleve cilantro y agua).

Y así durante un mes, hasta que descubrí la frase mágica: “perdona, mira, te va a sonar raro pero es que soy alérgico al cilantro, y si lo pruebo puedo morirme en 20 minutos”. Sólo así he conseguido que me digan: “ay señor pues de pronto (que significa quizá) sí que lleve cilantro, mejor pídase otra cosa, qué pena con usted”. Ah, y con respecto a la recurrente frase de “qué pena con usted”, no me queda otra que quitarme el sombrero, pues es la mezcla perfecta entre “lo siento” y “me la suda completamente”. Es el instrumento definitivo para reírte de alguien mientras eres cortés.

Y para todos aquéllos defensores del cilantro, que seguro que los hay: antes de que me digáis la mítica de “pero si no sabe a nada!”, yo os respondo: entonces para qué coño lo pones!!

El Tejo

Otra de las particularidades de Bogotá, o en este caso de Colombia, es el Tejo. El Tejo, para que nos entendamos, es más o menos como la petanca, sólo que con pólvora y con cerveza. Pero la base es la misma que nuestro deporte: reunión de señores mayores en torno a una bola (en este caso una piedra) que se lanza al centro de una movida. El caso es que si aciertas en la movida, la movida explota, y además de los puntos pues te diviertes asustando al personal. Y sí, todo esto mientras vas bebiendo birra y empeorando (o mejorando, cuidao) exponencialmente tu puntería.

La pista

 La cara de velocidad de Jose lanzando el tejo (la piedra)


Esas cositas rosas son las mechas. Y hacen pummm cuando les das.

Y por fin, finalizo este larguísimo post soltando varios datos inconexos que no sabía dónde ubicar: las papeleras de Bogotá vienen de Madrid, la señora que nos limpia en casa hace lentejas con mango y salchichas (pero si sabe igual que el chorizo!) y las películas las doblan al mexicano, pero las subtitulan en colombiano. O sea, que estás viendo a Eminem con sus amigos negratas en 8miles, mientras escuchas: “no mames wey”, y lees “no te creo huevón”, pese a que en el fondo de tu ser sabes que el tipo está diciendo un mucho más serio y muchísimo más gangsta “no shit bro”.

En fin, un show. Como Bogotá. Esto es lo que hay.

P.D.: no quiero despedirme sin enseñar al mundo el maravilloso nombre de la cigarrería que hay al lado de mi casa (una cigarrería es lo que nosotros conocemos como un bar, tal cual).

Así da gusto…

robercerero

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