5 días en Costa Rica: pura vida, mae

Publicado por Rober Cerero

En el último post decidí hablar sobre Bogotá, entre otras cosas, porque no habíamos hecho ningún viaje de relevancia en las últimas semanas. Pero entonces llegó el puente de mayo, y con él se abrió una nueva temporada de grandes viajes que, con suerte (y con un ligero aumento de sueldo), no pararán hasta diciembre. Y el primero de ellos fue además el primero que hacía fuera de Colombia: Costa Rica.

Lo primero que debéis saber es que este viaje no lo hice con los de Bogotá, sino con una maravillosa juntiña que ICEX unió en Madrid hace año y medio y posteriormente envió a México y Alemania.

Lo segundo que debéis saber es que fui con tres tías. Y ya. Yo como único hombre. Y lo peor (o lo mejor), es que no sería el último, porque semanas después me fui al desierto CON CUATRO TÍAS (aunque de eso hablaremos en el siguiente post).

Pero, puesto a irme sólo con mujeres, lo cierto es que me fui con tres de las mejores mujeres con las que podía haberme ido: Lucía, Lucía y Alba (sé lo que estáis pensando: joder, pa tres tías con las que te vas y dos se llaman Lucía. Pues sí, qué le vamos a hacer).

Lo tercero que debéis saber es que fuimos a Costa Rica con petardo en el culo: teníamos cinco días mal contaos (de hecho eran más cuatro que cinco), y queríamos ver buena parte del país. No quedaba otra que alquilar un coche, andar mucho y dormir poco. La playa y la selva nos esperaban.

San José

La primera parada fue San José, la capital de aquello. Alba se encargó de reservar el hostel, el típico hostel con buena relación calidad/situación/precio. Hasta ahí todo bien, Hostelworld nunca falla. La sorpresa llega cuando Waze (el Google Maps de Latam) empieza a chivarnos que queda menos de un kilómetro para llegar al hostel, y lo único que se veían eran edificios feos, viejos, sucios, poca gente por la calle y una estampa en general gris, triste.

Y es que vale, me habían dicho que no me esperase mucho de San José, pero creo que cuando me dijeron eso, lo que realmente querían decir era que San José iba a entrar directa en el podio de ciudades más feas en las que he estado, rivalizando brutalmente con (lo siento de corazón por todo aquél que se sienta ofendido, pero al fin y al cabo esto es algo subjetivo) Huelva capital, las afueras de Bratislava y la parte de detrás de la nevera de la casa de mi abuela.

Fotos cortesía de San Google (si ya hago pocas fotos, no iba a sacar fotos de este tipo de calles)

Tras un paseo exploratorio por pleno centro con la firme intención de cambiar el chip y encontrar el encanto de San José, llegamos a la conclusión de que sólo había un sitio bonito, el Teatro Nacional, sitio que para colmo está incrustado en una plaza fea y rodeado de un KFC y un Mc Donald’s. Eso sí, el Teatro en sí es bien bonito:

Esta foto también es de Google, pero en este caso porque es mucho más chula que la que yo hice

En fin, la buena noticia es que sólo teníamos que pasar esa noche en San José, ya que al día siguiente madrugábamos para recoger el coche y conducir hacia la primera gran parada: Playa Hermosa. Y la segunda buena noticia es que allí escuchamos el primer “pura vida”, de lo cual hablaremos más tarde.

Playa Hermosa

Después de dos meses de pura lluvia en Bogotá, estaba deseoso de sol, de playa, de mar, de hacer la croqueta, de hacer el muerto, de comer pescao… En fin, de esas cosas que si estuviese en España ya estaría haciendo algún que otro finde, pero que estando en Bogotá me iba a comer un mojón. En realidad, me hubiese servido casi cualquier playa, pero maté el gusanillo con una de las playas más espectaculares que he visto en mi vida (y tengo el privilegio de poder decir que he estado en MUCHAS playas muy bonitas): Playa Hermosa. Ya, con ese nombre tampoco iba a ser Benidorm, ¿no?

El contraste de la selva que se acaba en la playa, la poca cantidad de gente, las palmeras, las súper olas, los bares estratégicamente situados y sin invadir el paisaje… Playa Hermosa era para quedarse un buen puñado de días mandando al resto de gente y cosas a tomar viento fresco, pero sólo podíamos echar el día allí (cosas de querer conocer un país en cuatro días).

De izquierda a derecha (según ves la foto): Lu, Lu, Alba y servidor

Bueno, en realidad tenía un fallo: muchas olas, muy grandes y con mucha corriente. El paraíso del surfero y el infierno del bañista. Hasta tal punto había súper olas y súper corriente que nos tiramos dos horas bañándonos en la orilla como niños pequeños. Es más, dos veces, DOS, tuve que sacar arrastrando a Lucía de la corriente de marras, con un ataque medio de risa y medio de pánico.

Y en esas estábamos, en la orillita, que sólo nos faltaba una pala y un cubo, cuando una pareja de señores mayores entró en el agua con la misma solemnidad y tranquilidad con la que entras en una iglesia. Esa dosis de realismo nos animó a echarle bolas, y entonces descubrimos el truco: la corriente era tremenda y las olas te rompían encima… Hasta pasar un escalón que había a dos metros. Una vez pasado ese escalón, todo ok. Gracias, señores mayores.

Manuel Antonio

Pocas veces me he despedido de una playa con tanta pena como de Playa Hermosa. Pero el plan era el que era, y tocaba ir al hotel, que quedaba cerca de Manuel Antonio, a donde íbamos el día siguiente.

Pese a tener nombre de personaje secundario de telenovela mexicana (probablemente un viejo amante despechado), Manuel Antonio está lejos de ser una cutrez. Es más, Manuel Antonio es una pasada. Se trata de un parque natural, lleno de animales y vegetación, y rodeado de unas playas preciosas, salvajes.

Sólo estuvimos unas 7 u 8 horas en el parque, pero cundieron mucho: en primer lugar, vimos monos con cara de hijoputas que resultaron ser, efectivamente, monos hijoputas.  Y no lo digo porque tenga una especie de simiofobia ni nada parecido. Lo digo porque se lo merecen. ¿Por qué? Porque llegaban los tipos en manada, te rodeaban con el único propósito de amedrentarte y, a la mínima que te descuidabas, te robaban la comida. Y si les echabas huevos, como el tipo de al lado a cuya novia le robó la comida un mono hijoputa, los cabritos se liaban a chillar y a poner cara de pelea. Lo que al principio era gracioso, al final también lo era, pero menos. Porque acongojaban un poco cuando iban en plan gangsta con el rollo de “el oeste mola más”.

Pero no sólo de monos hijoputas vive Manuel Antonio. También tiene mapaches hijoputas. Los mapaches no se organizaban en maras, como los monos, sino que actuaban como lobos solitarios. Eso sí, con el mismo hijoputismo y la misma hambre. Y si no que se lo digan a Ismael, uno de los aproximadamente 364517 vascos que viven en México, amigo de las Lucías, y que junto a Garatzi y Larraitz se nos unieron durante parte del viaje (da igual las veces que los leas, no vas a pronunciar bien sus nombres jamás). Y digo eso de que se lo digan a Ismael porque, en 30 segundos que dejó su comida sola, cerca de más gente, y ya en la playa, salió de la nada uno de estos mapaches hijoputas y le intentó robar las patatas. En un alarde de velocidad y valentía (es vasco, joder), Ismael intentó resistirse y agarró la bolsa por el otro extremo. ¿El resultado? 30 doritos por los aires y un mapache a la fuga.

Pero, animales ladrones aparte, Manuel Antonio casaba con aquello que ya empezábamos a oír por todas partes: pura vida. Y, en vez de explicároslo, prefiero que lo veáis vosotros mismos:

Una auténtica pasada

Jacó y Monteverde

Después de dejar atrás Manuel Antonio, nos encaminábamos a otro supuesto paraíso natural: Monteverde. Pero antes tocaba pasar la noche en Jacó, un pueblo turístico con bastante ambiente. Allí probamos el ron de coco y acabamos borrachos como cubas en un antro bastante turbio, con los locales mirándonos con una mezcla de extrañeza y desafío.

Hay una regla de oro que se cumple cuando sales de fiesta, sea en España, en Colombia, en Costa Rica o en la Conchinchina, y más ahora que nos vamos acercando peligrosamente a la treintena: cuando se sale de fiesta en un viaje y te pones como meta levantarte a X hora, JAMÁS te levantarás a esa hora. Y, aunque lo consigas, hay que desayunar, ducharse, cagar y todo tipo de triquiñuelas para luchar contra la resaca. ¿A dónde quiero llegar con esto? A que salimos más tarde de la cuenta, a lo cual le sumas que nos paramos varias veces por el camino para ver los paisajes, y claro, cuando llegamos a Monteverde, tras un laaaargo camino en coche, los parques naturales importantes estaban ya cerrados.

Eso sí, nos llevamos para la saca fotos Tinder como éstas:

Visto que Monteverde no podía dar más de sí, decidimos morir matando: tres horas más de coche y nos plantábamos en el último gran destino del viaje: La Fortuna, con el famoso Volcán Arenal. Eso sí, se hacía de noche y las carreteras de la montaña eran para cabras, así que había que conducir con cuidado. Con mucho cuidado. Con muchísimo cuidado. Y aún con todo ese cuidado, reventamos una rueda.

Bueno, reventé yo una rueda. Y cuando digo reventar, digo reventar, no pinchar. Pinchar está muy visto, se puede pinchar yendo de Sevilla a Rota y no daría para una historia. Pero reventar es bastante heavy. La cubierta al carajo, el tapacubos a por uvas y la llanta con un bollo que ni los mofletes de Kiko el de El Chavo del Ocho.

Y claro, no sólo es reventar una rueda, es reventar una rueda en medio del bosque, completamente de noche y a oscuras, y sin gato en el maletero. Pero como íbamos dos coches y uno estaba lleno de vascos, no había problemas: dos alumbraban, otro ponía el triángulo, otro aportaba su gato y otro se liaba a cambiar la rueda. Todo esto con las niñas acojonadas porque “se escuchaban ruidos”. Toda una experiencia.

El bueno de Kiko

La Fortuna – Arenal

Pese a los infortunios cocheros, llegamos sanos y salvos a La Fortuna, concretamente al hostel Selina. Y digo su nombre y apellidos no porque me hayan pagado para hacer promo (ajolá), sino porque es uno de los hostels más chulos en los que he estado. Muy muy recomendable. Además, pasar esa noche en el Selina fue clave en el viaje, ya que conocimos a tres ticos (costarricenses pero en plan cariñoso) la mar de apañaos y que nos dieron la auténtica vida.

Frander, Rober y Will iban al día siguiente a hacer una caminata al Cerro Chato, un antiguo volcán en cuyo cráter se había formado una laguna, y nos invitaron a ir con ellos. Fue lo mejor que nos pudo pasar, porque nunca habríamos sabido de la existencia de esa excursión, ni habríamos podido encontrar el camino, ya que estaba cerrado y habían prohibido hacerlo.

La caminata fue realmente espectacular. Pura selva, con momentos de cuasi escalada, con vistas al Volcán Arenal, con la resaca como un piano de Rober (el Rober tico, no yo, copón)… Fueron horas de risas, esfuerzos y naturaleza que acabaron en uno de los baños que mejor me han sentado en mi vida, en esta preciosidad de laguna:

Además, ese día confirmábamos lo que ya nos olíamos: los ticos usan la expresión ‘pura vida’ para todo: vale para decir gracias, de nada, qué tal, genial (y todas las variaciones de genial)… Y la usan constantemente. No sólo eso, también aprendimos dos nuevas expresiones: ‘mae’, que es el equivalente a nuestros killo/tronco/pisha/tío y ‘yogur’, el primo del ‘pura vida’ y que equivale a nuestros flama/eskiso/debuty/cojonudo/macanudo/perita/fetén.

Las últimas horas

La excursión al volcán con el trío tico-calavera nos llevó unas 4 horas, pero la cosa no quedó ahí: después de almorzar como si no hubiese un mañana, nos llevaron a unas termas naturales que se formaban en un río cercano al volcán, donde vimos el anochecer completamente relajados y rodeados de unas amigas que no nos esperábamos: ¡luciérnagas!

La verdad, las luciérnagas nos pillaron tan desprevenidos que no hicimos fotos, pero aquí donde nos veis, estábamos recibiendo una corriente de agua caliente que nos ponía el culete contento, contento

Pero con las luciérnagas y la noche llegó el momento que todos temíamos: había que secarse, cambiarse de ropa y volver a meterse en el coche, porque unas horas más tarde volábamos de vuelta a casa. Pero, como si Costa Rica supiese que nos íbamos, nos esperaba una traca final: aparecieron de la nada fuegos artificiales, que duraron sus 15 minutos (en plan día de cierre de la feria de Sevilla). que parecían decirnos adiós.

Adiós a La Fortuna y adiós a Costa Rica. O más bien hasta pronto. Porque a ese maravilloso país habrá que volver, y habrá que volver más pronto que tarde.

A mis amigos ticos, Frander, Rober, Will, si me estáis leyendo: gracias por todo!

Y a ti Costa Rica, mi buena amiga, sólo tengo una cosa que decirte: Pura vida, Mae.

 

 

robercerero

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