Nuestra vida en Colombia (VI): el desierto de La Tatacoa

Publicado por Rober Cerero

En esta vida hay cosas que no te esperas, que te pillan por sorpresa. Por ejemplo, no te esperabas que todo el rollo de Los Serrano fuese al final un sueño, que inflamable signifique flamable, o que yo, con el pelassso que tengo, lleve años tomándome Finasteride, la pastilla de los calvos.

Pues en Colombia también pasa eso. También hay cosas que no te esperas. Por ejemplo, que una vez abierto el paquete de salchichas, éstas vengan envueltas individualmente por un plástico fino y traicionero, o que estemos en verano y en Bogotá haga frío y todavía llueva un rato cada día.

En Colombia, dada su situación geográfica, lo que te esperas es que haya jungla, playas, temporada de lluvias… Pero no te esperas que haya un desierto. Sin embargo, como la vida va de cosas inesperadas, pues resulta que sí que lo hay, y más de uno además. Y, claro está, no iba yo a no ir a alguno de esos desiertos, ¿no?

Esto no es sino el preludio de lo que fue mi segundo viaje sólo con mujeres (si no sabes que el primero fue a Costa Rica, ya estás sabiéndolo pinchando aquí ) desde que estoy en este maravilloso país. ¿El elegido? El desierto de La Tatacoa, el más famoso del país. ¿Las elegidas? Rebeca, Bea, Aura (la compi de piso de Rebeca y a quien le robo todas las fotos de su Facebook para este post) y Andrea (la amiga de Aura). Al lío.

El primer día

Después de tan sólo 5 horas largas en bus, y completamente rodeado de mujeres, llegamos un sábado a mediodía a la zona de Neiva (la ciudad más cercana al desierto). Allí nos recogió el que resultó ser EL GRAN DESCUBRIMIENTO del viaje: el bueno de Chopo. Chopo es un tipo, nativo del desierto, que trabaja de guía turístico y que hizo que nuestro viaje pasase de ser un buen viaje a un viaje brutal; ya os iré contando por qué.

Lo primero que nos sorprendió al llegar a esa zona es que, para llegar al desierto, hay que cruzar en barca un río bastante caudaloso rodeado de vegetación:

Nada más cruzar al otro lado del río nos subimos al motocarro de Chopo (literalmente una moto y un carro a la vez, como un Tuk Tuk pero en plan pro) dirección a nuestro hostel. Hasta aquí todo muy civilizado. Pero, en cuestión de un kilómetro… PUM. Desierto. Así, al lado del río, y rodeado por dos sierras, pero un desierto puro y duro. Y sí, nuestro hostel estaba ahí metido.

Como llegamos por la tarde, y en Colombia anochece implacablemente a las 18h, decidimos acomodarnos, cenar e ir al observatorio para ver las estrellas, pues La Tatacoa está considerado como uno de los mejores sitios de Latinoamérica para ver las estrellas. Teníamos el domingo y el lunes para explorar el desierto.

La verdad es que había muchas ganas de ver las estrellas porque, en Bogotá, entre las nubes y la contaminación, da gracias si alcanzas a ver la Luna. Pero nos salió el tiro por la culata: se puso a llover (sí, nos tocó uno de los únicos 5 días al año en los que llueve en el desierto) en medio de la charla explicativa del astrónomo del observatorio, que por cierto era un tipo maravillosamente friki que usaba en sus explicaciones una espada láser de Star Wars (literal), y un puntero láser ultramegasónico que ni los que le apuntan a los ojos a Cristiano Penaldo cuando va a tirar una falta con el Madrid (ni que necesitase ayuda ajena para fallar, coño).

El caso es que nos quedamos sin ver estrellas, pero bueno, no pasaba nada, nos íbamos a dormir pronto porque mañana nos esperaban ocho horas de excursiones: cinco por el “desierto gris” y tres por el “rojo”. Además nos dio tiempo a apreciar, a una distancia de cientos de kilómetros, la contaminación lumínica de Bogotá y Cali, lo cual fue bastante impactante.

Las excursiones

Cuando hablo de excursiones no os imaginéis el tipo de excursiones que hacíamos con el colegio, del tipo “a las 9 en la puerta del cole”, no. Las excursiones en La Tatacoa empiezan a las 7 como tarde, hora a la que tienes que estar ya desayunado, con agua y comida en la mochila y con una gorra, sombrero, gorro, pañuelo o cartón de pizza en la cabeza, por aquello de las insolaciones.

Y de esa guisa nos pusimos en marcha, dispuestos a recorrer kilómetros de desierto con Chopo, ya que era el único guía de la zona que hace un tour alternativo, fuera de las rutas marcadas (y tan alternativo, porque en 5 horas sólo vimos a una familia local y absolutamente a ningún turista, pese a que era puente).

Lo primero que tenéis que saber de La Tatacoa es que el nombre viene por una serpiente venenosa y especialmente rabiosa que habitaba hace tiempo por esa zona, al que los nativos llamaban Tatacoa.

Lo segundo que tenéis que saber, para tranquilidad de mi familia, es que ya no hay Tatacoas en el desierto de La Tatacoa. Sí quedan serpientes, pero no tan fieras (y nosotros no vimos ninguna).

Lo que si vimos fueron buitres y tarántulas, pero oye, vamos por partes:

El desierto gris

La parte gris del desierto es digna de películas de El Bueno, El Feo y el Malo (o de la serie de HBO Westworld, para los más modernos). Es decir, no se trata de un desierto rollo Sáhara, con camellos y dunas surfeables, sino de un terreno árido, lleno de cactus, pequeños cañones formados por desaparecidos ríos y de las típicas bolas de matorral que pasan rodando por los pueblos fantasma de las pelis del Oeste.

Por el camino nos encontramos imágenes como éstas:

El bueno de Chopo se conocía el desierto al dedillo porque, tal y como nos estuvo explicando, creció allí y pasó su juventud siendo pastor de cabras. Se le ocurrió la idea de convertirse en guía turístico, muchos años atrás, a base de encontrarse con turistas perdidos que le ofrecían dinero por ayudarles a salir del desierto. Y ese pasado de pastor lo demostraba cada vez que nos topábamos con cabras, pues se ponía a versionar aquello de “el hombre que susurraba a los caballos” pero en plan campestre, convirtiéndolo en “el hombre que balaba a las cabras”. Y ojo, que las cabras respondían a sus balidos. Está bien saber idiomas, hombre.

Pero no sólo cabras vimos durante las cinco horas de caminata por la parte gris; también nos topamos con buitres:

Y con unas amigas de varias patas y bastante pelo que empezaron a rodearnos en un tramo en el que, simple y llanamente, nos tocó escalar para salir de un cañón (y para no convertirnos en la versión colombiana de Spiderman).

Aquí comenzaba la escalada…

Que se ponía interesante con nuestras amigas acechando…

Y que nos puso así de contentos cuando conseguimos hacerla

Por si la escalada tarantulera fuera poco, pasamos por zonas de arenas semi-movedizas, en las que pasabas a hundirte hasta las rodillas en medio paso que dabas, y por una colonia de violentas abejas africanas, por la que pasamos a toda hostia y bajo la orden de estar en silencio, porque se ve que a las abejitas de marras no les gusta que les molestes con tus ruidos de humano.

El caso es que, además, las arenas semi-movedizas estaban justo antes de llegar a la colonia de abejas asesinas. Y el caso es que Aura se hundió hasta casi la cintura en esas arenas semi-movedizas. Y eso le hizo mucha gracia. Y le entró el pavo. Y pasó por toda la zona de abejas torturadoras descojonándose. Y claro, en ese momento yo lo quería convertirme en una abeja más y picarle por todas las cuerdas vocales para que dejarse de reírse.

Pero, por suerte, las abejas estarían liadas con la miel, o atacando sin piedad a algún turista desventurado, porque no salieron a nuestro encuentro.

Aura antes de meter toda la zarpa en las arenas chungas

Oye, pero no sólo animales habitan el desierto, no os creáis. También hay alguna que otra casa en la que viven familias ganaderas. Chopo eligió una de ellas, que estaba medio abandonada, y a la que sólo acudían los dueños de cuando en cuando para hacer queso fresco. Pues la casualidad quiso que, a los 10 minutos de estar descansando en la sombra de su porche, llegase la madre de la familia con sus dos hijos, precisamente para ultimar y llevarse a su tienda (en el arcén del camino principal) un barril de ese queso. Creo que no me equivoco si digo que ese momento en el que nos pidió hacerse fotos y nos ofreció el queso recién sacado del barril fue el momento más puro del viaje. Hasta yo, que no me suele gustar el queso, me lo comí encantado, pasando por alto todas las advertencias sanitarias de la OMS.

El desierto rojo

Tras cinco horas de sudoración extrema por la parte gris del desierto, volvimos al hostel a almorzar y descansar un par de horas en la piscina antes de partir a la zona roja. En esas dos horas nos dio para que tres generaciones de mujeres borrachas, de 20, 40 y 60 años respectivamente, se percatasen de mi acento gringo y me tirasen los trastos descaradamente, sin importar maridos y prometidos que rondaban la zona. Me pidieron fotos, comprobaron 16 veces que ninguna de las cuatro chicas con las que iba era mi novia y hasta la más mayor me enganchó el culo sibilinamente cuando posaba en la foto. Estas cosas no me pasan en España…

Pero bueno, acoso sexual aparte, llegó la tarde, y con ella llegó Chopo, dispuesto a darnos un paseo por el desierto rojo. Si la parte gris era digna de western, la parte roja no se quedaba atrás: buitres, formaciones rocosas por las que sólo faltaba que pasase una locomotora negra hasta arriba de carbón y estampas dignas de zonas como el Cañón del Colorado:

La caminata acabó justo cuando se puso el sol, aunque los últimos 15 minutos tuvimos que hacerlos al trote, porque se hacía de noche y nadie quiere quedarse tirado en medio del desierto sin ver un pijo.

Una vez de vuelta en el hostal, duchados y cenados, decidimos aprovechar que no llovía y alejarnos de las luces para tratar de ver, esta vez sí, el manto de estrellas que envuelve a La Tatacoa. Y lo cierto es que, aunque no llovía en ese momento –más tarde lo hizo-, sí que estaba nublado. Pero entre nube y nube nos dio para ver un buen puñado de estrellas, dos estrellas fugaces, una luciérnaga que rondó por nuestro lado unos minutos… ¡Y un oso hormiguero! La pena, eso sí, es que con esa luz no había manera de hacer fotos, pero bueno, podéis imaginaros como es un oso hormiguero, así con mucha napia (y si no pues lo googleáis y en paz).

En Chopotaxi al corazón del desierto

Si el primer día habíamos madrugado por encima de mis posibilidades, al día siguiente Chopo nos esperaba A LAS 6 DE LA MAÑANA. No, no es que tengamos un fetiche raro con no dormir, sino que esa tarde nos volvíamos a Bogotá y teníamos que introducirnos en el corazón del desierto, si bien esta vez, por cuestión de tiempo y distancias, íbamos a hacerlo a lomos del archifamoso Chopotaxi: el motocarro más pro de Chopo.

Con el Chopotaxi nuestro guía nos llevó de punta a punta del desierto (aunque a veces éramos nosotros los que llevábamos al Chopotaxi, como cuando teníamos que bajarnos y empujar porque se encallaba en el barro), y ahí comprendimos lo grande que llegaba a ser La Tatacoa.

A mitad de camino hicimos una parada técnica para llenar la barriga en un ¿bar? súper puro, digno, una vez más, de peli del Oeste:

Pero el destino final era otro: un asquerosoydivertido baño de lodo  en una pisicina natural de asquerosoydivertido lodo lleno de bichillos (¡hola, Malaria!) que hizo las delicias de las amantes de los pillings y que fue la antesala perfecta para el baño normal, en una piscina natural normal, que supuso el broche final para otro genial viaje que nos ha brindado este genial país que es Colombia.

Gracias Rebe, Bea, Aura y Andrea por adoptarme como una más. Gracias Chopo (ojalá algún día me leas) por hacer de ese viaje un súper viaje. Y gracias Colombia por no dejar de sorprenderme.

El siguiente viaje ya estaba en marcha, y tendría lugar sólo dos semanas después: ¡la jungla y las playas del Tayrona!

robercerero

2 Comments

  1. Que sepas que aqui tu exnovia favorita lee todos tus post, y ansia el proximo con desesperacion! Tambien decirte que cuando quieras puedes avisarme para algun viajecillo de esos…

    • Jajajaja Ángela! Me meo ajajaj! Estoy viviendo aquí, así que como no te cruces el charco…

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