Nuestra vida en Colombia (VII): el Tayrona

Publicado por Rober Cerero

Este país no deja de maravillarme. Cuando no es un desierto, es la naturaleza más pura. Cuando no hay carnavales demenciales, hay restaurantes-discotecas. Lo único que me faltaba por ver, y sabía que era cuestión de tiempo, eran playas de ensueño.

Hace poco fui a Costa Rica, y ya dije que me enamoré de sus playas, que eran distintas a cualquiera de las que había visto, y que me dolía irme de ellas. Pues bien, no os voy a engañar diciendo que las del Tayrona están a la altura, porque sería más exagerado que un andaluz (¡anda, si resulta que soy andaluz!), pero sí puedo decir que no se quedan lejos. Son una pasada.

Pero el Tayrona no son sólo playas. De hecho, playas es lo que menos hay. El Tayrona es naturaleza (tirando a veces a selva), es fauna, es Historia de Colombia. Así fue mi fin de semana en uno de los sitios más bonitos de Colombia:

Santa Marta

Aterrizamos el viernes por la tarde en Santa Marta Carlos, Cris, Rebe y yo. A diferencia de la primera vez que hicimos noche en la ciudad costeña, esta vez no nos quedamos en la cárcel, sino en el centro. Que conste que, aún, así, el centro es feo de narices, pero sin llegar a los niveles de San José de Costa Rica. El taxi nos dejó en la puerta del hostel, un hostel que, por cierto, no tenía ningún tipo de letrero. Mientras las niñas hacían el check-in, Carlos y yo entrábamos por los pelos al supermercado, para avituallarnos hasta las manillas de comida y agua, ya que, según Rebe, en el Tayrona y los alrededores era imposible conseguir nada (por cierto, ¡hola madre de Rebe!).

Una vez con la compra hecha y con la certeza de que en la habitación, pese al aire acondicionado, iba a ser más o menos como echar un caliqueño debajo de un plástico, nos fuimos a la calle con la firme intención de darle una oportunidad a Santa Marta. Era una ciudad histórica, ¡algo decente tenía que tener!

Así, descubrimos que a sólo un par de manzanas del no-hostel, había una plaza que no estaba malamente, con dos calles llenas de gente, de terrazas, de vida. No sabéis cómo echaba de menos una terracita. Tanto nos sorprendió que hasta el abstemio de Carlos dijo que le apetecía un mojito (haya calma, jamás se pidió ese mojito). Cenamos en una terraza –una pizza y un ceviche que estaban regular na más, todo sea dicho- mientras veíamos a bandas callejeras versionar temazos (ojo, ¡sonó Cat Empire! Pero claro, justo después una de reguetón…) y nos sentíamos más o menos como en el verano español.

Como en el verano español, aunque las rayas de la bandera de España estuviesen regular na más:

Después de la cena nos tomamos una cerve en la plaza principal (bueno, Rebe y yo nos tomamos una cerve en la plaza principal, y Cris y Carlos un helado), saludamos a Majo y Keyra, dos amigas de Barranquilla que venían con nosotros al Tayrona, y juiciosamente nos retiramos a dormir, pues, qué raro, al día siguiente madrugábamos de lo lindo.

Nada más que destacar esa noche, salvo el hecho de que tuve que sacarme el colchón al medio de la habitación –la litera era peor que sentarte en el sillín de la moto un ocho de agosto a media tarde en Sevilla- y que Rebeca se pasó la noche hablando en sueños diciendo que no. ¿Estaría rechazando a algún pobre diablo? Nunca lo sabremos.

El Tayrona

A la mañana siguiente nos dividimos: Carlos, Cris, Majo, Keyra y yo nos íbamos en dirección a Calabazo (la entrada alternativa al Parque Natural del Tayrona), y Rebe a Minca, porque ya conocía el parque.

La verdad es que, tal y como pudimos comprobar al día siguiente, fue todo un acierto entrar por Calabazo y salir por la entrada principal, y no usar, como hace casi todo el mundo, la entrada principal para entrar y para salir. ¿Por qué? Porque entrando por Calabazo, además de estar prácticamente solos, nos esperaba una súper caminata en medio de la naturaleza de casi cinco horas hasta llegar al Cabo de San Juan, primera gran parada del parque, y zona donde haríamos noche. Si hubiésemos entrado por donde todo el mundo, hubiesen sido sólo dos horas, en llano y por una carretera asfaltada. Esta vez sí, agradecemos enormemente a Rebe por recomendarnos esa ruta (y digo esta vez porque luego le retiraríamos el agradecimiento con creces, pero ya iremos llegando a esa parte).

El camino por Calabazo empezó muy duro: la primera hora era y media todo montaña arriba, con unas cuestas del copón, y cargados con nuestras mochilas (íbamos a acampar en el parque). Además, llevábamos galletas, patatas, bocadillos, agua y Powerade, porque supuestamente no se podía comprar nada allí, según Rebe. Y he aquí la primera vez que nos “acordamos” de ella: tanto donde se cogía el bus, como donde nos dejaba el bus, como en varios puestos dentro del parque, se podía comprar de todo. Pero en fin, mucho más heavy fue la segunda vez que nos “acordamos” de ella, pero eso, insisto, viene unas horas después.

Tan duro fue el camino que, a los 35 minutos, ya estuvimos a punto de sufrir la primera baja: a la buena de Keyra, entre el calor, el peso y las cuestas, le dio tal pájara que nos pidió que siguiésemos sin ella, que ya se las apañaría con Majo e iría a su ritmo. Le dejamos víveres y eso hicimos, dudando sinceramente si iba a ser capaz de terminar la caminata.

 

Después de más de una hora cuesta arriba, hicimos una parada en un puestecito la mar de apañao, donde nos tomamos un zumo de naranja que sabía a gloria:

En estas estábamos, con nuestro zumo sentados en la sombrita, cuando vemos a Keyra aparecer en lo alto de una moto agarrada a un maromo colombiano. A la tía, por cinco mil pesitos, le había dado la vida subiéndole toda la montaña un buen hombre que pasaba por ahí. Lo más gracioso no es eso, sino que el conductor se llamaba, ojo al dato, Uber. Los nombres colombianos nunca dejarán de sorprenderme.

Y así estábamos, todos con nuestros juguitos y nuestros plátanos recién recolectados cuando Cris lanzó LA pregunta al buen señor del puestecillo:

  • “¿Señor, por aquí hay pumas?”
  • “Sí señora, pero tranquila que no atacan nunca a los humanos, sólo a perros y animales pequeños”.

Ah, pues nos quedamos más tranquilos oye.

En fin, el caso es que una vez descansados y reagrupados seguimos el camino, que ya empezó a suavizar, en dirección a “Pueblito”, un antiguo poblado indígena rehabilitado y que todavía se usa para ciertas ceremonias religiosas. Aún viven allí los descendientes del pueblo Tayrona, que conservan vestimentas de la época, pero también probablemente estén estos días viendo el Mundial de Rusia en su TV por cable.

Eso sí, nada más dejar el puestecillo, y cuando el camino ya era cuesta abajo, hubo un momento en que nos quedamos todos paralizados, en silencio, escuchando: ¿había sido un rugido? Sí, lo había sido, a lo lejos pero un rugido. Y luego otro, y otro más. Y claro, como no queríamos darle la oportunidad a los pumas de probar la sabrosa carne humana, nos dimos el piro a toda leche, y llegamos enseguida a Pueblito:

Después de hacernos las fotos de rigor y ver a los primeros turistas, tuvimos que tomar una decisión: tomar el camino liso, el de los caballos, o… No sé qué nombre ponerle. Simplemente el otro, el chungo, el que estaba lleno de desniveles, de rocas y de cosas. Obviamente elegimos ese, y menos mal, porque fue la caña.

El camino de cabras

La verdad es que ya teníamos en mente coger ese camino, de nuevo gracias a Rebe, que también nos lo recomendó, diciendo que cuando ella lo hizo fue súper duro, pero que fue genial. Y tanto que fue duro. Y genial. Pasamos por debajo de rocas, por encima de rocas, saltamos rocas, saltamos huecos entre rocas… Hubo momentos en que no nos quedaba otra que ayudarnos unos a otros, incluso tirándonos las mochilas, porque no había forma de pasar/cruzar con ellas… Fue genial.

Lo de pasar por debajo de rocas, era literal…

Estábamos en uno de esos momentos de pasarnos las mochilas cuando nos encontramos al segundo grupo de turistas haciendo el camino inverso, con la cara desencajada, diciendo que sólo llevaban media hora. Es decir, sólo nos quedaba media hora para llegar al cabo, y eso nos relajó, porque no sabíamos realmente si estábamos yendo bien.

De hecho, a alguno le relajó más que a otros, al menos la vejiga.

¿Qué, no se aprecia bien? A ver, amplío para que se vea mejor:

Bueno, pues ya meaditos y seguros del camino, encaramos el tramo final de la caminata, luchando contra el hambre y el tembleque en las piernas, y con más ganas de meternos en el mar que un cangrejo cuando lo echa en un cubo un niño de 4 años.

Y, por fin, lo vimos: el mar Caribe estaba delante de nosotros, a sólo unos minutos. Eso nos dio fuerzas para acelerar en los últimos metros, sobre todo a Keyra, que la tía se metió un petardo en el culo y encabezó la marcha a paso ligero hasta llegar a la playa del Cabo de San Juan.

El Cabo

No os miento si digo que nunca he cogido una playa con tantas ganas. Fue como ver un oasis en medio del desierto. Tiré la mochila, me cambié ahí en medio, en contra de todas las leyes –éticas y físicas- y me zambullí en el mar. Además, no era un mar cualquiera. Era un mar con estas vistas:

Y allí nos quedamos varias horas, recuperando fuerzas, durmiendo la siesta, comiendo en el chiringuito, bañándonos… Y claro, viendo el primer partido de Argentina, porque hasta a las playas selváticas llega el Mundial.

Estuvimos en el Cabo de San Juan hasta que el cielo empezó a esconderse, porque nos quedaba una media hora hasta Arrecife, la zona donde íbamos a acampar, y no es plan de perderse de noche en la jungla.

De camino al camping

El primer problema que teníamos con respecto al camping es que, claro, en Colombia media hora son 45 minutos como mínimo, y estaba empezando a oscurecer. Y el segundo, casi peor, es que no sabíamos cuál era nuestro camping. Rebeca sólo nos había dicho que era el último y que tenía tiendas verdes, así que nos pusimos en marcha a paso ligero en busca de ese último camping con tiendas verdes.

El tercer problema llega cuando nos damos cuenta de que no sabemos cuál es el último camping, porque no sabemos cuántos hay. El cuarto es que pasamos por un par de campings con las tiendas verdes. Cuando pasamos tres y ninguno parecía el nuestro, paramos en la puerta de un complejo de cabañas, muy cuco por cierto, y preguntamos a unas italianas que estaban en la puerta. Nos dijeron que sí, que había otro camping más, pero que quedaba a un paseo. Ya era casi de noche, así que apretamos aún más el paso, porque empezaba a no verse nada y a escucharse mucha, demasiada fauna. Lo bueno es que el camino era amplio y recto… Hasta que a los 200 metros un indígena nos dijo que no era por ese sendero, sino por otro que se internaba en la selva.

  • “¿Seguro”?
  • Sí, sí.

Bueno, pues no quedaba otra que internarnos en la selva. Pero en serio, la cosa se ponía fea porque los árboles no dejaban pasar la escasa luz que quedaba. Después de 5 minutos empezamos a ver los primeros bichos, en este caso cangrejos del tamaño de un ladrillo. A los 10, empezamos a pensar que ese camino no llevaba al camping. A los 15, tomamos una decisión: iba a darme una carrera, y si en 500 metros no veíamos signos de civilización, nos dábamos la vuelta y nos íbamos a las cabañas pijas.

No hizo falta llegar a los 500 metros, porque cuando llevaba 40 segundos corriendo empezaron a salirme murciélagos de la nada y a revolotearme por la cabeza. Un mojón pal camping, corrí de vuelta más rápido todavía y les dije a los demás que allí no había nada más que secuaces de Batman. ¿El plan? Volver cagando leches a las cabañas, aplaudiendo muy alto para ahuyentar a los murciélagos. Bueno, y a las posibles serpientes, porque Carlos se encargó de decir que era el sitio y la hora perfecta para que saliesen las serpientes.

El camino de vuelta, lo prometo, pese a que fuimos casi corriendo, se hizo eterno, y nos acordamos de Rebeca y de sus indicaciones a cada aleteo de murciélago que sentíamos cerca. Cuando llegamos a las cabañas ya era completamente de noche. Llegamos a recepción pensando en la hostiaza que nos iban a dar para pasar la noche… ¡Y resultó que ese era nuestro camping! Nos lo habíamos pasado completamente. ¿Y dónde estaban las tiendas verdes? Pues estaban, pero dentro, a lo lejos, y no se veían desde fuera, y menos de noche.

El caso es que, con todo el alivio del mundo –por los murciélagos, las serpientes y nuestra economía-, pillamos unas tiendas, cenamos, nos tomamos unas cervezas y nos fuimos a dormir entre sapos y ruidos de vaya usted a saber qué animales. Además, nos dijo el de seguridad que no fuésemos a la playa ni saliésemos mucho de la zona, porque nos toparíamos con las serpientes. Sus deseos son órdenes, señor.

El último día

Tras una noche sin más contratiempos que un vendaval que casi se lleva las tiendas, nos calzamos un buen desayuno y nos fuimos a la que resultó ser una de las mejores playas en la que he estado nunca: La Piscina. Poca gente, naturaleza salvaje que se internaba en la arena, agua perfecta y, en general, estas vistas:

 

 

 

 

Y allí echamos unas horas hasta que, después de almorzar viendo Brasil – Suiza, no nos quedó más remedio que emprender el camino de vuelta. Salimos por la entrada principal, asfaltada, civilizada y demás adjetivos que no molan cuando estás en una semi-selva, y pillamos el bus de vuelta a Santa Marta con la sensación de que acabaríamos volviendo al Tayrona.

El finde se acababa, pero aún teníamos una bala en la recámara: Santa Marta tenía un malecón, y allí que fuimos. Vale, una playa urbana nunca será una buena playa, y ésta además estaba llena, con la gente más apretá que una magdalena en un vaso de tubo, pero al menos nos dio para entretenernos viendo a los críos saltar al mar:

 

Y para ver el último y bonito atardecer antes de volver a la otra jungla, la de asfalto, coches y edificios altos: Bogotá.

P.D.: no puedo cerrar este post sin compartir una denuncia: Rebeca se pasó medio vuelo de vuelta fumando. Eso no puede ser, hombre.

robercerero

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